Lonzo Ball y su regreso sin precedentes a la NBA tras 1000 días

Lo que en un principio se creyó que era una lesión menor se convirtió en procedimientos de "búsqueda y rescate" y en una cirugía a la que ningún jugador de la NBA se había sometido nunca. Esta es la historia no contada del desgarrador camino de Ball para volver al juego.


EL EQUIPO DE OPERACIONES del Aeropuerto Internacional O'Hare de Chicago sabe cómo manejar la nieve. Con más de 250 equipos quitanieves, pueden despejar caminos en las condiciones más difíciles para que los aviones sigan volando. Lonzo Ball, base de los Chicago Bulls, se dirigía al aeropuerto en medio de una de esas tormentas. La lluvia ligera de las primeras horas del día se había convertido en nieve. Las ráfagas de viento se acercaban a los 32 km/h. Era la tarde del 16 de febrero de 2023.

Durante el receso All-Star, Ball había decidido volar a Salt Lake City para someterse a un bloqueo para cortar los pulsos de dolor que le atravesaban la rodilla. Llegó temprano para tener tiempo de caminar hasta la puerta de embarque. Todo le llevaba más tiempo. Las escaleras, las escaleras mecánicas, los controles de seguridad. Llevar el equipaje.

Estaba previsto que el avión despegara a las 19:35 para un vuelo de casi tres horas. Poco antes, Ball embarcó con los demás pasajeros, pero tuvo que abandonar el avión cuando una azafata anunció que había problemas mecánicos. Ball se quedó en la puerta de embarque a la espera de novedades. Pasaron las horas. Se tumbó en el frío suelo enmoquetado del O'Hare, con los auriculares puestos. Intentó ser paciente. Si algo le había enseñado su largo y frustrante proceso de rehabilitación era que enfadarse no te lleva a ningún lado más rápido.

Al cabo de algunas horas más, volvió a subir al avión con la esperanza de que el famoso equipo quitanieves de Chicago despejara la pista. Pasó otra hora hasta que una azafata anunció que no era seguro despegar. Todos desembarcaron... de nuevo.

A las 9 de la mañana del día siguiente, el vuelo por fin despegó. Ball no estaba en él.

"En retrospectiva, fue una bendición no haberlo hecho", le dijo a ESPN.

En lugar de volar a Utah para el bloqueo, Ball se dirigió a Los Ángeles para idear un nuevo plan. Quería volver a jugar al básquetbol. Pero a esta altura, tenía un objetivo más sencillo: sólo quería poder pasear a su perro y jugar con su hija.

Tras más de un año de rehabilitación de lo que en un principio se pensó que era una lesión menor de rodilla, estaba más lejos que nunca de las canchas. La rodilla le seguía doliendo mucho al subir o bajar escaleras. Cualquier cosa que se asemejara a correr era insoportable. Y lo más preocupante de todo, su última resonancia magnética parecía peor que después de la lesión inicial.

Llevaba 400 días de una recuperación que se suponía que iba a durar menos de 60.

"Literalmente me habían operado para abrirme la pierna y ver qué pasaba. Fue una operación de búsqueda y rescate", contó Ball sobre la intervención de septiembre de 2022. "Una vez que eso sucedió, pensé, 'No voy a hacer esto más. Tengo que fijar un objetivo ... poner a todos] al teléfono y elaborar un plan'".

Ya se había sometido a dos operaciones diferentes, a resonancias magnéticas, inyecciones, y meses y meses de rehabilitación agotadora, dolorosa e improductiva. El dolor le seguía punzando la rodilla. Sabía que necesitaba un nuevo plan, incluso si eso significaba someterse a otra operación, una que ningún jugador de la NBA había intentado jamás, y mucho menos de la que hubieran regresado.

"Probamos muchas cosas diferentes. ...Finalmente dijimos, 'Mira, esto es todo lo que te queda'", le dijo a ESPN el doctor Brian J. Cole, cirujano ortopédico de Ball.

"Esto es un Ave María".


LA JUGADA QUE embarcó a Ball en un viaje sin precedentes de 1009 días fue totalmente anodina. Estaba defendiendo en la primera mitad de un partido contra los Golden State Warriors el 12 de enero de 2022, y sintió que se le trabó la rodilla al salir de una cortina.

Ese tipo de cosas pasan todo el tiempo en la NBA. La mayoría de las veces, el jugador se recupera, se pone hielo después del partido y vuelve a ponerse el uniforme la noche siguiente. Ball ni siquiera salió del partido. No fue hasta que se le trabó de nuevo, tras una bandeja a cuatro minutos del final del segundo cuarto, cuando empezó a sospechar que algo iba mal.

La expresión de Ball no cambió en absoluto después de la jugada. Ningún periodista se molestó en preguntarle si estaba lesionado. La historia de ese partido en realidad fueron Zach LaVine, quien tuvo que salir por una lesión en la rodilla izquierda, y los Bulls, que estaban 27-12 y lideraban la Conferencia Este en ese momento, y fueron humillados de locales por los Warriors en una derrota por 138-96.

Fue un golpe de realidad para un conjunto de Bulls que había sido una divertida sorpresa en la primera parte de esa campaña tras adquirir a Ball, DeMar DeRozan y Alex Caruso en la temporada baja. Los Warriors, por supuesto, ganaron el campeonato ese año.

"Creo que no supimos del todo lo inteligente que era y lo mucho que significaba para nuestro equipo hasta que se lesionó", le dijo LaVine a ESPN. "Era como el pegamento. Hacía que todo funcionara en ataque. En defensa, él y Alex desafiaban a los jugadores y nos hacían más fácil a DeMar y a mí salir y hacer nuestro trabajo. Nos daba de seis a ocho puntos sin siquiera pensarlo".

Ball fue descartado para el partido del día siguiente debido a molestias en la rodilla izquierda, una lesión que todo el mundo inicialmente creyó que era menor. Pero al cabo de una semana, el entrenador Billy Donovan anunció que Ball no estaba respondiendo al plan de tratamiento del equipo y que necesitaría más pruebas. Al día siguiente, Ball fue diagnosticado de una contusión ósea y una pequeña rotura de menisco en la rodilla izquierda que requerirían cirugía artroscópica. El tiempo de recuperación previsto era de seis a ocho semanas, justo a tiempo para los playoffs.

Seis semanas después, los Bulls publicaron un video en el que se veía a Ball levantando pesas y corriendo en las instalaciones de entrenamiento del equipo. "Me siento bastante bien", dijo Ball en el video. "Obviamente, es un proceso lento. Definitivamente quiero volver a la cancha lo antes posible".

Poco después, comenzó a sentir dolor en la rodilla. Intentó correr en la cancha, pero le dolía. Entonces, el personal de entrenamiento de los Bulls le dijo que intentara correr en una pista. Le seguía doliendo. Volvió a intentarlo con marchas largas y saltos. El dolor persistía.

“Funcionaba por un día, una semana, pero la rodilla le seguía doliendo”, le dijo a ESPN Brian Serrano, entrenador deportivo de los Bulls. “Y seguía empeorando”.

Mientras tanto, los Bulls habían pasado de ser líderes inesperados de la Conferencia Este a aferrarse al puesto número 6. El 6 de abril, descartaron a Ball para el resto de la temporada 2021-22.

"Al principio pensé que serían de cuatro a seis semanas, y que estaría de vuelta para los playoffs", dijo Ball. "Tenemos un buen equipo. Tendré un par de semanas para prepararme, y estaré bien.

"Cuando eso no sucedió, empezamos a probar todas estas inyecciones, cosas así, para tratar de bloquear los nervios. Yo pensaba, 'Esto simplemente no me gusta. Estoy haciendo un montón de cosas y no... se traduce en nada bueno".

El 28 de abril, el día después de que los Bulls fueran eliminados por los Milwaukee Bucks en la primera ronda de los playoffs y a más de tres meses de su lesión, Ball se sentó para dar su entrevista de eliminación. No tenía respuestas.

Dijo que la recuperación de la rodilla estaba estancada.


EL MUNDO DEL BALONCESTO conoció a Lonzo Ball durante su primer año en UCLA en 2016-17. Era un genio como base, organizando el ataque de los Bruins como solía hacer Magic Johnson con Los Angeles Lakers en la época del Showtime. Y fue ganador, tras conducir a UCLA a un inesperado triunfo sobre el entonces número 1, Kentucky, en Lexington, y a la mejor marca del equipo desde 2007-08.

Su padre, LaVar, estuvo muy presente, asegurándose de que el mundo supiera lo bueno que era su hijo y quién lo había criado. LaVar y su familia se convirtieron en un fenómeno cultural. Le contaba a todo aquel que quisiera escuchar que sus dos hijos menores, LiAngelo y LaMelo, también llegarían a ser jugadores de la NBA.

Su madre, Tina, fue vista en los partidos de UCLA al principio de la temporada, pero rara vez se la reconocía más allá de alguna foto rápida en las gradas.

Luego, en febrero de 2017, Tina desapareció de las gradas y de la vida pública, hecho que pasó desapercibido durante casi un mes cuando los Bruins estaban en el corazón del Pac-12 y preparándose para el torneo de la NCAA.

Por fuera, Lonzo, de 18 años, no demostraba nada, pero su mundo se había hecho añicos. Su madre había sufrido un grave derrame cerebral que requirió una intervención quirúrgica para salvarle la vida y aliviar la presión en el cerebro.