El hall del Aeropuerto Internacional de Ezeiza era un mar de camisetas, cantos y lágrimas de desahogo, pero en medio del tumulto había un pequeño santuario donde el tiempo pareció detenerse. Allí, con la medalla dorada colgando del pecho, Lara Casas se prestó a realizar una entrevista con quien la asistió en cada uno de sus pasos y desde el primer día: su mamá, Marcela. Allí no solo estaba el festejo de la campeona del mundo, sino la gratitud de quien entiende que las grandes conquistas no se construyen nada más en la soledad del sintético: “El sostén de la familia fue fundamental para que yo pueda llegar hasta acá. Poder compartir este momento con mi mamá y con mi familia es hermoso; como le digo siempre, estoy súper agradecida por todo”, soltó la atacante.
Del otro lado de la escena, los ojos de Marcela resumían la odisea de haber visto a su hija tocar el cielo con las manos tras haber caminado juntas por los espinosos senderos de la alta competencia. “cada vez que me necesite voy a estar ahí”, confesó la madre con esa devoción incondicional que solo se entiende en las tribunas. “Como espectadora no sé si lo sufro peor que ella, porque verla en la cancha jugar, correr, entrar y salir es una tensión constante”. A lo que Lara, entre sonrisas cómplices, acotó el matiz cotidiano: “Ella sufre y se pone mal cada vez que nos golpeamos en la cancha”. Ese sufrimiento de madre, sin embargo, se transformó con los años en el abono que moldeó el carácter de una Leona indomable. Cada tropiezo físico y cada recuperación en silencio encontraron en el seno familiar el refugio necesario para volver más fuerte. “En realidad, todas las adversidades, golpes y lesiones que tuvo que pasar las fue superando, y eso la hizo más fuerte. La terminaron convirtiendo cada día en mejor persona y en mejor jugadora. Mirá lo que es esto...”, completó Marcela, señalando el metal dorado que atestigua que ningún dolor fue en vano.
El festejo también viajó directo al corazón del Bajo Flores, a ese campito de Riestra 2770 que vio crecer la desfachatez de sus figuras. Para Lara, el título lleva grabada a fuego la identidad de su casa. “Representar al Club Italiano es hermoso para mí y también para Zoe (Díaz). Todos los mensajes de las chicas del club, sentir el aguante de la gente y ver a Juan (Casas, su entrenador) en la tribuna bancando es algo muy lindo”. Un círculo perfecto que se cierra en el abrazo materno, demostrando que detrás de cada campeona del mundo hay una familia que contuvo las caídas y un club que empujó para hacer realidad el sueño.
