Hubo algo extraordinario en lo que ocurrió con Lionel Scaloni después del Mundial 2026. Salvo para seguir a una banda de rock o hacer una procesión religiosa, hoy es difícil que alguien se suba a un auto y recorra cientos de kilómetros y diga: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. En un país exitista, en el que una derrota puede modificar el juicio sobre un ciclo entero, la localidad santafesina de Pujato fue, durante algunos días, un lugar mítico. Un altar de la fe. Miles y miles de argentinos fueron a agradecerle a ese “santo”.
Carlos Salvador Bilardo, campeón del Mundial México 1986 y subcampeón en Italia 1990, dijo alguna vez que “de los segundos no se acuerda nadie”. Carlos Bianchi, otro entrenador que es casi un prócer del fútbol argentino, tiró otra frase picante: “No sabía que el segundo recibía medalla”. Su Boca estaba tan acostumbrado a ganar que aprovechó esa “licencia poética” después de perder la final de una Copa Libertadores contra Once Caldas.
Lionel Scaloni, en cambio, volvió a su pueblo, a la casa de sus viejos, y encontró algo que excedía los títulos, las finales y las estadísticas. Encontró el reconocimiento a un período de felicidad colectiva que comenzó dentro de un rectángulo de césped y se esparció por todo un país durante muchos años.
“El otro Lionel” (¡mirá que había nombres para elegir, y sus viejos le pusieron el mismo que Messi!) encontró, de la manera más impensada, casi sin poder salir de su casa, el cariño popular hacia el líder de la mejor Selección Argentina de toda la historia.
Scaloni rompió, por fin, la antinomia eterna: Menotti vs. Bilardo. El actual técnico de la celeste y blanca supo exprimir lo mejor del “Flaco” y del “Narigón”. Heredó las dos grandes tradiciones del fútbol argentino y logró una síntesis entre el lirismo de Menotti y la obsesión táctica de Bilardo.
Cada persona es producto de su tiempo y de su historia personal. Scaloni no escapa a eso.
Hombres recios y locuaces, polémicos y testarudos, Menotti y Bilardo jamás se hubiesen permitido exponer sus debilidades en público. “Siempre me emociono. A veces salen las lágrimas y a veces no”, dijo Scaloni después de la épica remontada mundialista contra Egipto, mientras contaba, entre risas, que en el vestuario lo apodaban “La Llorona”.
“Me duele en el alma. Lo siento”, dijo después de la final perdida contra España. Ahí rompió en llanto. No titubeó. Se levantó de la mesa y dio por terminada la rueda de prensa.
Esa sensibilidad es una de sus marcas registradas.
¿Cuál fue la clave del éxito del ciclo Scaloni? ¿En qué factores se basó la Selección Argentina?
A aquella sensibilidad se le agregan, por supuesto, la capacidad de gestión humana y de grupos, la flexibilidad conceptual y táctica, la deconstrucción de los egos, la convivencia armónica y la descompresión hacia la figura de Messi: bajarlo del póster y humanizarlo para potenciarlo.
Que al DT lo explique Messi
En diciembre de 2025, durante la conmemoración por los 25 años de SportsCenter, Lionel Messi habló con ESPN y dejó una descripción precisa. “Lo mejor que hizo Scaloni es la cercanía con el grupo. La manera que tiene de tratar a los jugadores. De llegarle a cada uno”, dijo.
A diferencia del tipo bromista que conoció en aquellos tiempos, la Pulga se encontró con un técnico de enormes virtudes. Un tipo que siguió siendo fiel a sí mismo, a las formas y valores que lo constituyen.
“Ahora se volvió mucho más serio. Como compañero, estaba todo el tiempo jodiendo”, recordó Messi.
Sobre el liderazgo, el capitán de la celeste y blanca destacó la frontalidad: “Es lo mejor que tiene: ser él mismo, ser directo y decir las cosas que tiene que decir”.
Más allá de lo humano, Messi valoró también la faceta analítica de Scaloni para preparar los partidos detectando de manera precisa las virtudes y vulnerabilidades de los contrincantes. “Es muy bueno para preparar los partidos, para ver las debilidades del rival, ver dónde nos pueden hacer daño”, precisó el astro rosarino.
A todo eso que dijo Messi, el propio Scaloni lo reafirmó en otras entrevistas. Al momento de tomar decisiones, se pone en el lugar del jugador y se pregunta cómo le gustaría que le comunicaran las cosas a él.
Quienes trabajan cotidianamente con él coinciden en que es muy bueno en eso: en detectar qué necesita emocionalmente cada futbolista que dirige, cada persona que compone el staff.
Esa empatía se traslada a la cancha. Cada integrante del está motivado a estirar su esfuerzo al máximo no solo para defender la camiseta argentina, sino para mostrarle al grupo y al técnico que se juega la piel por ellos.
Scaloni: las virtudes evidentes y conceptos sutiles
Scaloni logró construir un ambiente en el que los futbolistas desearan estar, consiguió que los suplentes se sintieran parte de la estructura, incorporó jóvenes sin romper las jerarquías y consiguió que Messi dejara de cargar con la obligación de salvar a la Selección en cada partido.
Lo hizo desde la empatía, por supuesto, aunque también desde la frontalidad y una enorme capacidad de adaptación que fue descubriendo en el camino, mientras la Selección iba encontrando su impronta.
En “Revolución Scaloni”, del periodista y escritor Alejandro Wall, aparecen algunos conceptos deliciosos para definir al “Gringo”. En diálogo con Wall, Matías Manna, integrante del cuerpo técnico del seleccionado, instala el término de “líder ecológico”: una persona que crea una atmósfera agradable, vivible, desintoxicada.
“Hay muchos autores portugueses que hablan de liderazgo ecológico. Yo creo que algo de eso hay pero muy natural. Dejar el ego de lado y tener la esencia de juego”, explicó Manna en el gran libro de Wall.
En esas páginas también aparece la sapiencia de Jorge Valdano, exfutbolista, escritor y analista. “Estamos ante una inteligencia flexible. Y eso es un signo de la época. Y además lo acompaña con un carácter tolerante. No me imagino interviniendo en la convivencia echándole la bronca a alguien porque juega a las cartas”, dijo Valdano.
“Creó un ambiente feliz y lo acompañó con decisiones que ayudaron a que el equipo encontrara el equilibrio ecológico”, agregó Valdano, nacido en Las Parejas, a 60 kilómetros de Pujato.
Primero había que reconstruir el grupo de la Selección Argentina
Cuando Scaloni tomó interinamente la Selección, después del Mundial de Rusia 2018, heredó un vestuario golpeado. Lo había vivido desde adentro, como asistente de Jorge Sampaoli. “El Gringo” sabía que debían reconstruir algo mucho más elemental que una formación o un esquema táctico: la convivencia y el sentido de pertenencia.
Su primera decisión fue simbólica y concreta. En las concentraciones estableció una regla sagrada: “Una mesa larga para todos”. Las mesas separadas, los subgrupos y las distancias que habían quedado expuestas en Rusia debían desaparecer.
Scaloni entendía algo elemental: un plantel de fútbol no funciona únicamente porque sus integrantes sean buenos jugadores. Necesita confianza. Necesita saber que cada futbolista, incluso el que no juega, tiene una función.
En ese contexto, en la Seleccion Argentina se pone énfasis en cuidar y mantener motivados a los futbolistas que no juegan habitualmente, ya que consideran que ellos son el verdadero sostén del grupo. La idea fue que, más allá del lugar especial de Messi, nadie se sintiera titular de antemano. Todos luchaban por su puesto. Y eso generó entrenamientos al máximo, con un ambiente de alegría y sin tensiones negativas.
La lógica es poderosa: si el jugador que está afuera se siente descartado, tarde o temprano aparece el conflicto. Y se vuelve tóxico. Si entiende que mañana puede ser importante, mantiene la competencia interna y el grupo conserva energía.
Ganancia por todos lados. Círculo virtuoso.
Scaloni y la difícil tarea de bajar al ídolo del póster
La transformación de la función de Messi fue una de las consecuencias más visibles de la era Scaloni. Messi tenía que seguir siendo Messi dentro de la cancha, aunque fuera de ella debía ser uno más.
Hay, en ese sentido, un momento fundante. Un hecho que parece insignificante, pero que se transformó en una imagen potentísima. En marzo de 2019, antes de un partido amistoso con Venezuela en Madrid, Rodrigo De Paul y Leandro Paredes, compañero de habitación, fueron a golpear la puerta del cuarto del “10” para jugar al truco.
El truco, y después los mates, entre De Paul, Paredes y Messi permitieron “descolgar el póster” del ídolo, tratarlo como a un compañero más y, de ese modo, entablar una relación más humana y cercana entre el grupo y la estrella que muchos veían con una distancia casi reverencial.
Allí había algo infinitamente más valioso que lo futbolístico.
Aunque también se necesitaba un cambio radical dentro de la cancha. Scaloni deseaba que Messi dejara de aparecer como el salvador permanente. Que no tuviera que bajar hasta mitad de cancha para iniciar cada ataque, atravesar líneas, asistir y después llegar al área para definir. La Selección debía ofrecerle socios, alturas de pase y futbolistas capaces de asumir responsabilidades.
Para potenciar al mejor jugador había que conseguir que el equipo dependiera menos de él.
Cuatro amigos, muchas responsabilidades, un grupo inquebrantable
Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Fabián Ayala, sus asistentes principales, son además amigos cercanos de Lionel Scaloni. Y construyeron ese lazo en la Selección: no es, por cierto, un dato menor. Son tipos que pueden hablar de frente, escucharse, discutir, disentir y llegar a buen puerto.
Esa salud se traslada a las funciones de cada uno hacia el resto de ese ecosistema saludable.
Durante el año, los demás integrantes del cuerpo técnico tienen asignado un grupo de futbolistas para monitorear de manera constante su estado físico y emocional.
Además, deben subir recortes de video a un grupo interno de trabajo. De todo ese material, al técnico principal se le filtra la información más relevante, para evitar saturarlo.
Ayala, uno de los más cercanos, resumió otra de las virtudes del entrenador santafesino: su capacidad para generar un nivel de compromiso y honestidad tan profundo que los jugadores puedan anteponer la verdad sobre su estado físico a su deseo personal de estar en una lista mundialista.
Eso también es liderazgo.
Polifuncionalidad, comprensión del juego y “buen pie”
Hay, para el cuerpo técnico, algunos criterios fundamentales de los jugadores que integran la Selección. Uno de ellos es la polifuncionalidad. Se valora especialmente que los futbolistas puedan desempeñarse en más de un puesto o sistema táctico.
La comprensión del juego y el buen trato de la pelota es otra de las marcas identitarias. Scaloni & Cía. priorizan que el jugador “juegue bien” y que “no le queme la pelota”: debe mostrar inteligencia para interpretar tiempos y necesidades del partido y de los distintos momentos de cada partido.
Otra cuestión que no admite negociación es la sinceridad y la honestidad de cada jugador sobre sus molestias físicas, para garantizar que el plantel o los 11 titulares estén siempre al máximo de sus posibilidades.
Scaloni aprendió a cambiar en la Selección
Una de las características más interesantes del ciclo aparece cuando se observa su evolución táctica. Scaloni llegó con una idea. Y no tuvo dramas en modificarla.
La derrota 1-3 ante Venezuela, en marzo de 2019, fue uno de los puntos de inflexión. El equipo había intentado jugar con una estructura demasiado vertical y una línea de tres centrales. El resultado fue negativo y, sobre todo, dejó una enseñanza: aquella Selección tenía futbolistas capaces de asociarse, tocar y elaborar.
El entrenador comenzó entonces a poblar el mediocampo de jugadores con “buen pie”.
Ese pragmatismo para cambiar sin sonrojarse es otro sello de su gestión. Si una idea inicial no funciona, no duda en modificarla para darle al equipo lo que realmente necesita.
Quiere, además, transmitir la palabra justa, sin abrumar a sus jugadores ni transmitirles las preocupaciones del cuerpo técnico: de los rivales trata de describir lo justo y necesario, en charlas de 20 o 25 minutos como máximo.
Scaloni sostiene que “el fútbol es de los futbolistas” y, por ello, se siente muy reflejado en la figura de Carlo Ancelotti, al entender que el esquema debe adaptarse a las características y momentos de los jugadores disponibles, no a un dogma fijo e inamovible del entrenador.
Qatar 2022 fue la prueba máxima. La derrota en el debut ante Arabia Saudita rompió un invicto de 36 partidos y obligó a tomar decisiones difíciles. Scaloni modificó nombres y estructura, dio espacio a Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Julián Álvarez y consiguió que la Selección recuperara energía.
Y después llegó la final contra Francia, donde apareció la otra cara del entrenador: la capacidad de estudiar al rival hasta encontrar una grieta. Después de observar cómo Sofiane Boufal había complicado a Jules Koundé en la semifinal, Scaloni decidió colocar a Ángel Di María sobre la izquierda.
El movimiento funcionó a la perfección. “Fideo” atacó constantemente a Koundé, sabiendo que Ousmane Dembélé nunca retrocedía a auxiliar a su lateral. Además, esto evitaba que Di María tuviera que hacer un desgaste físico persiguiendo las subidas del lateral Theo Hernández.
Alexis Mac Allister tuvo la tarea táctica de anular el pasillo interno de Antoine Griezmann para cortar el circuito de juego francés, mientras que Rodrigo De Paul y Nahuel Molina se encargaron de doblar las marcas sobre Kylian Mbappé.
La Selección Argentina dominó de manera absoluta durante casi 80 minutos. Después llegaría la zozobra. Y la felicidad.
En el Mundial 2026 fue menos audaz en las modificaciones, aunque volvió a demostrar esa capacidad para intervenir sobre los partidos y conducir remontadas imborrables contra Egipto y, especialmente, frente a Inglaterra, en semifinales.
Ni una vereda ni la otra: una ruta propia
Scaloni consiguió autoridad sin construir distancia. Ocurre, además, con todo el resto del cuerpo técnico y colaboradores. Son profesionales respetados y respetuosos, humildes y carecen de la necesidad de “figurar”. Perfil bajo, ante todo.
“El Gringo”, al que se le bajaba el precio por su falta de currículum previo, entendió rápidamente que una selección se construye alrededor de personas antes que de sistemas.
Después encontró los sistemas en los que esas personas eran capaces de expresarse del mejor modo.
Y ahí aparece, acaso, su mayor legado. Menotti y Bilardo habían dejado dos grandes maneras de pensar el fútbol argentino. Scaloni consiguió que convivieran en un mismo entrenador: el amor por la pelota y el estudio obsesivo del rival, la confianza en el futbolista y la preparación minuciosa, la identidad y el pragmatismo.
No necesitó elegir una vereda. Construyó su propia ruta. Trazó una autopista generosa y firme. Quizás por eso fue que miles de argentinos googlearon cuál era el mejor camino para llegar hasta Pujato y se subieron al asfalto.
No había misa. Tampoco, un festival de rock. Había que hacer esa procesión y agradecerle a ese tipo de modales simples su verdadero milagro: todo lo que generó en un país que se la pasaba alardeando de que los segundos no existen.
