Por qué la final entre Argentina y España es también el triunfo de una cultura futbolística

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Messi y Paredes, relajados luego del triunfo ante Inglaterra (1:33)

En el partido donde todos quieren estar, sólo hubo espacio para los dos mejores. Definirán este domingo el título Argentina y España, al cabo los seleccionados que dieron las exhibiciones de fútbol más logradas en este Mundial que llega a su final. Será un juego de espejos que devuelve, más allá de alguna diferencia, una gran cantidad de similitudes entre equipos que entienden el fútbol de manera muy similar.

“Tomala vos, dámela a mí”. Los futboleros argentinos crecen con esa frase en sus intercambios. Es parte de un sentido común, tanto que llegó a hacerse canción, y resume una manera muy concreta de jugar: toque y posesión, para que el elemento más necesario, la pelota, esté con nosotros y lejos del alcance del rival. Esa escuela, que viene casi desde el nacimiento del fútbol en Argentina, es la que España adoptó hace décadas para transformarse en su intérprete más consecuente en el mundo.

El cambio en la matriz

Argentina eligió hace más de cien años un método diferente que el que habían enseñado los maestros británicos y sus descendientes. De la verticalidad total, con pelotas aéreas y mucha apuesta al físico para prevalecer, se pasó a la gambeta y el pase como objetos de culto. Un sacrilegio para los fundadores del fútbol por estos lados, que no podían comprender cómo los criollos se alejaban de lo que ellos consideraban esencial. Fue con esa nueva esencia que se consiguió desde hace más de cien años una marca distintiva en el mundo. Aunque sería necio creer que el camino fue en línea recta y sin desvíos durante tanto tiempo.

Hubo que atravesar caídas muy dolorosas como en Suecia 1958, cuando Checoslovaquia despidió con un 6-1 la ilusión de que en Argentina se practicaba el mejor fútbol del mundo a pesar de que no se competía seriamente con los europeos desde 1930. Después de aquello, como corresponde a una de las sociedades que vive el fútbol de manera más intensa, se pasó de creer que éramos los mejores y no había que cambiar nada a que éramos los peores y había que cambiar todo.

Tal vez sea 1978 el punto de partida para entender a qué juega hoy la Argentina. Porque aquel campeón del mundo en casa fue el primero que supo combinar el ADN del toque con la intensidad y la velocidad que se necesitaban para pelear de igual a igual con el resto del mundo. En 2026, esos ingredientes, con algunos de los mejores intérpretes que el fútbol argentino haya conocido en su rica historia, son los que construyeron esta Albiceleste única, que compite para ser uno de los seleccionados más grandes de todos los tiempos.

De la admiración por Argentina a la evangelización neerlandesa

“Fue una visita que, pese al carácter amistoso, conmocionó al fútbol español. Nadie había visto jugar nunca a un equipo de la manera en que lo hacía el campeón argentino”. Jaume Olivé, ex coordinador en las divisiones juveniles de Barcelona, fue uno de los cautivados en 1946 por el San Lorenzo de El Terceto de Oro que componían Armando Farro, René Pontoni y Rinaldo Martino, la delantera de un equipo que recitaba de memoria el Papa Francisco. En el diario El País en 1997, Olivé contó que en ese Ciclón, que entre otras cosas venció por 7-5 y 6-1 en sendos amistosos a la selección española, “incluso sus futbolistas calzaban distinto a los españoles, con botines livianos, flexibles, de taco y cana corta, que permitían una flexibilidad articular desconocida”.

La devoción por el fútbol argentino creció todavía más cuando en 1953 llegó a Real Madrid Alfredo Di Stéfano, uno de los mejores futbolistas de la historia. “Argentino y madrileño en una pieza. Argentino como Fierro y San Martín”, le cantaba un grupo de niños en 1956 en la película “La Saeta Rubia”, que lo tuvo como protagonista. Alfredo, que venía de ser campeón sudamericano en 1947 con la Albiceleste, fue un fenómeno de época en España y terminó representando a la Roja. Su estilo, cuentan las crónicas de la época, juntaba la técnica innata del Barracas de su infancia con la dinámica que necesitaba para triunfar en Europa.

Pero más allá de la semilla que dejaron los argentinos, para que España dejara de ser La Furia y pasara a cultivar el estilo actual hubo que esperar un tiempo más, hasta la llegada de Johan Cruyff.

Un cambio inevitable para poder competir

En 1973, dirigido por Rinus Michels, neerlandés como él y artesano del Fútbol Total, arribó a Barcelona un hombre que hizo historia tanto dentro como fuera del campo de juego. Aplicó en ese equipo los fundamentos de la nueva escuela que en los Mundiales tuvo como máximo exponente a La Naranja Mecánica subcampeona de 1974.

Cruyff plasmó después ese conocimiento como DT del equipo culé en la década del 90, cuando tenía como volante central y mejor intérprete a un chico llamado Josep Guardiola. Pep esparciría después por todo el mundo el tiki-tiki que España tomó en esos años como escuela obligatoria, para dejar en el cajón de los recuerdos y la nostalgia a la Furia.

El juego en equipo, con el pase como argumento fundamental, Guardiola lo implementó desde 2008 como entrenador en Barcelona, mientras en paralelo el seleccionado español se apropiaba de ese mismo argumento como dogma definitivo. Así jugó en los títulos continentales de 2008 y 2012 y en el Mundial de 2010, y lo sostuvo incluso cuando los técnicos cambiaron y los resultados dejaron de sonreír. Esa convicción tuvo su premio con el nuevo título europeo en 2024 y la llegada a la final de una nueva Copa del Mundo este año.

En los bancos, admiración mutua

“Es un gran tipo, estoy muy contento por él. Lo que se ve de él y de su selección es lo que todos queremos, y lo que se ve en la nuestra también”. A Lionel Scaloni no le pareció necesario en estos días disimular su cariño por Luis de la Fuente, ni siquiera cuando lo esperaba para enfrentarlo en una nueva final del mundo. El DT de Argentina expresó una vez más la empatía que siente hacia su colega español, con quien lo une un lazo personal desde que lo tuvo como profesor en el curso de entrenador.

De la Fuente sabe devolver incluso con más elogios cuando la ocasión lo amerita. Siempre demostró la admiración por el DT campeón del mundo en Qatar, a quien considera “un maestro” que posee “una preparación y un dominio de su trabajo excepcional”.

Está claro que a esos dos grandes entrenadores los une un vínculo que pasa más allá del fútbol. Pero que buena parte de esa relación tiene que ver con una manera similar de entender el deporte que aman y de qué manera deben jugarlo sus equipos. Tan simple e importante como eso.

El triunfo de una manera de jugar

Con sus similitudes y diferencias, Argentina y España se posicionan como los mejores intérpretes de un fútbol en el que se sabe que si se abandonan las formas no habrá manera de conseguir los resultados. Habrá momentos puntuales de los partidos para cumplir otros libretos, pero si no se respeta lo esencial, no habrá nada.

Alguna vez Jorge Valdano, campeón mundial con Argentina y símbolo de Real Madrid como futbolista y como entrenador, postuló que "ganar queremos todos, pero solo los mediocres no aspiran a la belleza". Tal vez uno de los pensamientos que mejor sintetice lo que genera el fútbol en dos países hermanados por una manera de jugar y que el domingo buscarán dirimir quién es, por cuatro años, el campeón del mundo.