Hugo Romeo Guerra y un "nucazo" eterno en el Superclásico Boca vs. River

El 29 de septiembre de 1996, cuando el Superclásico parecía caminar hacia un 2-2, el delantero uruguayo Hugo Romeo Guerra apareció en el último instante, desvió un centro de Mauricio Pineda y cambió para siempre la historia de aquella tarde en La Bombonera. Boca ganó 3-2 y Guerra quedó abrazado para siempre a una escena que todavía se reconoce con una sola palabra: el “nucazo”.

El Boca de Bilardo contra el River campeón de la Copa Libertadores

Aquella tarde tenía todos los ingredientes para convertirse en una historia grande. Boca era dirigido por Carlos Bilardo y estaba atravesando una etapa de renovación. River llegaba como campeón de la Copa Libertadores y tenía en cancha a figuras como Marcelo Salas, Ariel Ortega, Enzo Francescoli y Juan Pablo Sorín. Roberto Pompei había puesto al local 1-0, Salas había empatado, Gabriel Cedrés marcó de penal y Sorín volvió a igualar cuando quedaba poco tiempo. Entonces apareció Guerra.

El centro llegó desde la izquierda. Guerra se movió entre Eduardo Berizzo y Roberto Ayala, ganó la posición y conectó la pelota de una manera que todavía genera discusiones cuando se vuelve a mirar la imagen. Germán Burgos quedó vencido y la pelota entró. El reloj estaba cerca del final. El uruguayo salió disparado hacia el alambrado y se trepó para festejar con los hinchas.

“Es el gol de mi vida”, dijo Guerra después de aquella noche. En ese momento todavía no podía saber cuánto iba a durar la memoria de aquella jugada. Con el tiempo, incluso tuvo que explicar una y otra vez un detalle que terminó formando parte de la leyenda: el famoso “nucazo” no había sido con la nuca.

El “nucazo” de Guerra, el gol que nació en el último minuto

El Superclásico había sido una sucesión de golpes. Boca se adelantó a los cinco minutos con Pompei, River encontró rápidamente el empate por intermedio de Salas y el partido llegó al descanso igualado. En el complemento, Cedrés convirtió un penal para volver a poner al Xeneize arriba y Sorín apareció a los 72 minutos para establecer el 2-2.

Quedaba poco. River tenía la posibilidad de llevarse un empate de La Bombonera y Boca buscaba una última oportunidad. Una falta de Hernán Díaz sobre Cedrés abrió la puerta para una pelota detenida. Mauricio Pineda se hizo cargo del envío y puso la pelota en el área. Guerra encontró el espacio justo.

El desenlace fue inmediato. El delantero saltó entre los defensores de River y desvió la pelota hacia el arco. Burgos no pudo reaccionar. El 3-2 desató una explosión en La Bombonera y Guerra corrió directamente hacia el alambrado.

Años después, todavía podía reconstruir aquella escena desde una imagen muy particular. “Lo que más me acuerdo del gol es la cara de Ramón Díaz. Se quedó con la boca abierta”, recordó en 2016.

El propio Guerra había llegado a Boca hacía muy poco tiempo. Venía de Huracán y aquel partido era apenas una de sus primeras presentaciones oficiales con la camiseta azul y oro. En pocas semanas había pasado de ser un delantero conocido dentro del ambiente a convertirse en uno de los protagonistas más reconocibles del fútbol argentino.

“La verdad es que nunca pensé que fuera para tanto esto de Boca. Supera todo lo que me imaginé”, contó en más de alguna entrevista de aquel año.

“No fue nucazo”: la verdad detrás del apodo

La historia popular bautizó aquella definición de una manera perfecta para una jugada tan extraña: el “nucazo”. La imagen parecía mostrar a Guerra de espaldas al arco, girado hacia el lado contrario de la pelota, y el desvío terminó convirtiéndose en una de esas rarezas que el fútbol conserva durante décadas.

Guerra, sin embargo, siempre tuvo otra explicación. “No fue nucazo”, aclaró años después. “Le pegué con el parietal derecho”, agregó. En otra entrevista explicó todavía mejor cómo se había producido el contacto: “En verdad no fue un nucazo, le di de costado, pero Araujo (relator para la TV de aquel partido) lo relató así y quedó”.

La aclaración no modificó la historia. El nombre ya estaba instalado. Para los hinchas de Boca, para quienes volvieron a mirar el gol durante años y para quienes conocieron la jugada mucho después, aquel remate siguió siendo el “nucazo” de Guerra.

La explicación también tiene un dato que encaja perfectamente con la historia del delantero. En su entrevista de 1996, Guerra contó que desde chico había desarrollado una relación especial con el juego aéreo. “Como pegué el estirón antes que los otros chicos, metía miles de goles de cabeza”, contó.

Medía 1,89 metros y había construido buena parte de su carrera alrededor de su capacidad para jugar con la pelota por arriba. Bilardo conocía esa característica cuando pidió su llegada a Boca. Guerra tenía una herramienta que el entrenador quería aprovechar y aquella noche terminó utilizándola en el instante que más necesitaba el equipo.

La Bombonera, los amigos de River y el gol que cambió su vida

Guerra comprendió rápidamente que aquel partido tenía una dimensión diferente. Había jugado clásicos en Uruguay con Nacional frente a Peñarol, en La Plata con Gimnasia frente a Estudiantes y con Huracán ante San Lorenzo. Ninguno se parecía a lo que acababa de vivir.

“Yo ya había jugado otros clásicos. En Uruguay, con la camiseta de Nacional, frente a Peñarol. En La Plata, para Gimnasia, contra Estudiantes. En Huracán, contra San Lorenzo. Pero son de menor dimensión, no se pueden comparar”, contó. Y dejó una definición que todavía sirve para entender cómo percibió aquella noche desde adentro: “Como un Boca-River no hay ninguno igual en el mundo. Después de los festejos me convencí: debe ser el partido más importante del mundo”.

Varios años después, la escena seguía intacta en su memoria. También la sensación de jugar un partido de esas características en La Bombonera. “La Bombonera es infernal. Tenés que jugar ahí para entender lo que se siente”, recordó. Y agregó: “En ese Superclásico no se entendía nada, todo era gritos, bengalas. Una locura”.

El gol también modificó la relación de Guerra con la gente. Él mismo reconoció que el reconocimiento había cambiado de una manera inmediata. “Soy mucho más conocido”, dijo en 1996. Y explicó que el público ya no lo identificaba solamente por sus actuaciones anteriores: lo reconocía como el hombre que había llegado a Boca y acababa de decidir un Superclásico. “Tengo amigos de River que siempre me putean por ese gol, je”, contó.

Guerra y una vida entera después de Boca

Guerra hizo una carrera mucho más extensa que aquella jugada. Jugó en Uruguay y Argentina, pasó por Nacional, Peñarol, Gimnasia, Huracán, Boca, Ferro y otros equipos. En Boca permaneció poco tiempo, pero le alcanzó para quedar asociado a una de las imágenes más reconocibles de la historia del Superclásico.

Él mismo sabía que aquel gol había cambiado la percepción sobre su carrera. “Hice 90 goles, pero aquel gol a River me hizo conocido”, contó años después. También miró hacia atrás y reconoció una decisión que le quedó dando vueltas. “Lamento haberme ido de Boca. Enseguida llegó Bianchi y armó un equipo hermoso”, dijo en 2016.

“Tomé una mala decisión”, admitió. Huracán lo había recomprado y en Boca había una competencia importante por los puestos ofensivos. Poco después llegaría Carlos Bianchi y comenzaría otra etapa histórica para el club.

Guerra tomó otro camino. Con el tiempo se radicó en Arrecifes y se vinculó al automovilismo, lejos de los grandes escenarios que habían acompañado sus años como futbolista. También siguió ligado al fútbol y participó en distintas actividades deportivas.

Murió el 11 de mayo de 2018, a los 52 años. Para entonces, aquel gol ya había adquirido una vida propia. Su nombre había quedado atado a una tarde, a un minuto y a una pelota que viajó hacia el arco de River de una manera casi imposible de explicar.

El 29 de septiembre de 1996, Hugo Romeo Guerra saltó en medio del área y encontró una pelota que parecía perdida. La desvió con el costado de la cabeza, según su propio recuerdo, y convirtió el 3-2 para Boca. La historia decidió llamarlo “nucazo”.

Él lo explicó de otra manera. El fútbol eligió conservar el apodo. Y Guerra, aquel delantero uruguayo que había llegado hacía poco a Boca, se quedó para siempre con un lugar en la memoria del Superclásico.