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Franco Colapinto, de cero a ídolo más rápido que su Alpine

El piloto se convirtió en un fenómeno social y popular en la Argentina y, a diferencia de otros grandes, no necesitó del éxito para sellar el idilio con la gente.

Franco Colapinto rompió el paradigma. Hasta su impactante irrupción en el sentir popular, convertirse en ídolo deportivo estaba necesariamente ligado al éxito. No había otra manera, sin laureles, poco importaban los orígenes, los talentos, los esfuerzos… Un enorme ejemplo es nada menos que Leo Messi. El 10 acumulaba balones de oro en su casa, trofeos en las vitrinas de Barcelona y hacía goles de a paladas en cada temporada, pero en su país, buena parte de la población lo miraba con recelo porque no había ganado nada con la selección mayor. “No canta el himno”, “por qué no jugó para España”, “que no venga más”, eran algunas de las frases que se escuchaban y, hasta en reuniones familiares, el que sacaba la cara para defender al 10 prácticamente era vituperado. Insólitamente, Messi debió ganar la Copa América, primero, y fundamentalmente, levantar la copa más preciada en Qatar para sellar el idilio para siempre. Hoy, aquellos que lanzaban al aire las hirientes frases contra Leo, esconden la mano como el que tira la piedra y se convirtieron en negacionistas de manual. Messi debió esperar hasta los 35 años para convencer a los escépticos, aunque, seguramente, nunca fue uno los objetivos de su vida.

Ese camino fue transitado por muchos deportistas argentinos. Porque Juan Manuel Fangio está en el bronce por siempre porque ganó cinco títulos. Froilán González, el piloto que le dio la primera victoria a Ferrari en la historia de F1, pasa casi inadvertido para la gran mayoría. No fue campeón y no entró en el listado de ídolos. El Cabezón es más reconocido en Maranello que en su país. Y Carlos Reutemann, ganador de 12 Grandes Premios, debió convivir con el término de “segundón”, después de haber sido ¡subcampeón de Fórmula 1! Increíble.

La inmensa mayoría de deportistas argentinos que superaron la frontera de la idolatría fue gracias al éxito. Porque Manu Ginóbili no estaría en la mesa de los grandes sin Atenas, por más que sus dedos se hubieran llenado de anillos de NBA. Porque Carlos Monzón no hubiera trascendido sin el nocaut a Nino Benvenuti, ni Guillermo Vilas sería el padre del tenis argentino sin la enorme cantidad de títulos ganados, incluyendo cuatro Grand Slam. Y las firmas podrían continuar.

Colapinto rompió el arquetipo. Franco es ídolo absoluto, quedó demostrado en el road show del Palermo, y sin haber ganado nada importante. Seguramente saltarán los que elevan la idolatría a la esquizofrenia y gritarán, ¡cómo que no gana nada! No, Colapinto todavía no ganó nada. No tuvo una campaña plagada de títulos en las categorías previas, ni llegó al podio ni, menos claro, ganó carreras en F1. Sin embargo, llegó a la idolatría antes del éxito.

Franco fue el que abarrotó las calles de Buenos Aires en una mañana otoñal. El sonido del motor Renault V8 en el Lotus de 2012 fue divino, ¿quién puede dudarlo? Pero Colapinto podría haber dado vueltas en un Fitito y de todas maneras se hubiera llenado de gente. Porque lo fueron a ver a él. Gente de todo tipo. No fueron los amantes de los fierros, fueron todos. De hecho, no había que esforzarse mucho para darse cuenta de que al menos nueve de cada diez personas que se acercó al road show no tienen la menor idea de qué es el TC, el TC 2000, el TN, ni la ACTC, ni la CDA… Solo fueron por un DNI: el de Franco Colapinto.

Seguramente, ocho de cada diez no sepan nada de la historia de F1 y sean fanáticos nuevos. Escuchar hablar de Juan Manuel Frangio y sus proezas como la de Nürburgring de 1957 es como cuando les hablaban de José de San Martín cruzando Los Andes, historia de próceres, pero lejanos. Varios habrán llegado impulsados por la serie de Netflix (chapeau para Liberty Media), y fueron felices de ver un protagonista de la novela que es de acá, que lo sienten propio. Otros, arrastrados por la ola Colapinto que se sumaron a ver carreras y que solo quieren que Franco ande bien. Poco importa la regeneración de la energía, el nuevo reglamento técnico ni nada de eso. A veces, ese amor exacerbado genera defensas insostenibles cuando a Colapinto no le salen bien las cosas. Porque eso también pasa.

El ser uno entre 22 en todo el mundo es un punto que lo eleva. Para eso hay que destacar a su grupo de trabajo, con sus mánagers a la cabeza, y al interés que despertó en un gigante como Mercado Libre, que además de apoyar con el necesario dinero, lo instaló con una movida marketinera de gran nivel. También hay que agregar a Williams y James Vowles, quien le dio una butaca para reemplazar a Logan Sargeant ya hace casi dos años. Y se subió a un F1 cuando sus méritos deportivos estaban por debajo de un montón de pilotos que debieron guardar sus trofeos de campeones de F2 o F3 y salir del mundo F1.

La forma de ser de Colapinto suma, claro, El carisma no se compra ni se forja, se tiene o no se tiene. Y el piloto argentino cuenta con eso en su mochila. Y es fundamental. Pero, ¿cuántos deportistas en la historia tuvieron carisma, pero no llegaron a la idolatría por no haber ganado nada? Montones. Franco no necesitó del éxito para enamorar a la gente. Su aura cautivó. Ahora será tiempo de conseguir los resultados, no para lograr idilio con la gente, porque esa materia la rindió antes de lo esperado. Pero el amor, lamentablemente, no compra tiempo en Fórmula 1. El dinero puede generar un lugar, pero los resultados son los que dan permanencia. Nadie mejor que Colapinto lo sabe, y este año Alpine construyó un auto para sumar puntos con continuidad. Falta rendir el examen más duro, pero deberá hacerlo. En las calles de Palermo confirmó, por si tenía alguna duda, que es un fenómeno popular.