Antes de convertirse en uno de los grandes ídolos del fútbol argentino, Ariel Ortega fue simplemente un chico de pueblo que, como tantos otros, quería jugar a todos los deportes. En Ledesma, Jujuy, encontró en el Club Atlético Ledesma el lugar para hacerlo. Y durante un tiempo, la camiseta del club no solo la vistió para jugar al fútbol: también se la puso para jugar al rugby.
"Cuando sos chico, querés jugar a todos los deportes, especialmente en un pueblo", recuerda Ortega en declaraciones públicas. Tenía apenas 12 años cuando empezó a jugar al rugby y rápidamente le encontró el gusto. Su posición era la de medio scrum, un puesto que exigía estar permanentemente en contacto con la pelota y tomar decisiones. "La verdad es que me gustó mucho. Jugaba bien, de medio scrum", cuenta.
El físico, a esa edad, no era una preocupación. Ortega era chiquito, pero podía competir sin que eso fuera un impedimento. "Tenía 12 años y si bien era chiquito, el físico no importaba tanto. Después me gustó, me encantó", explica. Durante un tiempo pudo combinar las dos actividades y jugar tanto al rugby como al fútbol en el mismo club.
Pero aquella doble vida deportiva tenía fecha de vencimiento. El fútbol empezó a marcarle un camino cada vez más claro y, finalmente, tuvo que elegir. "Jugaba en el mismo club a los dos deportes hasta que un día el técnico de fútbol me dijo que me decida", recuerda el Burrito.
La elección, con el tiempo, parece bastante lógica. Ortega eligió el fútbol porque le gustaba más y porque tenía una competencia que lo atraía especialmente. Además, su crecimiento era tan rápido que a los 13 años ya estaba cerca de ser promovido a Primera. El rugby quedó entonces como una historia de su infancia, una de esas experiencias que quedaron guardadas antes de que el Burrito empezara a construir una carrera que lo llevaría a River, la Selección Argentina y los grandes escenarios del fútbol mundial.
