Esto es lo que realmente implica mover el número 82 hasta el 84 por primera vez en 33 años.
Porque un calendario no es solamente una lista de fechas. Es una decisión sobre cuántas veces un cuerpo humano deberá acelerar al máximo, frenar en seco y recibir un golpe de cien kilos antes de que termine la primavera. Es una decisión sobre cuántas noches de hotel, cuántos husos horarios y cuántas horas de vuelo se le pedirán a un grupo de atletas que ya vivían al límite de lo tolerable. Y es, también, una decisión sobre cómo la NHL quiere que el mundo entero la vea.
La NHL anunció que la temporada regular 2026-27 crecerá de 82 a 84 encuentros por equipo. En total serán 1,344 partidos, la cifra más alta en la historia de la liga, repartidos a lo largo de 194 días, entre el 29 de septiembre y la primera semana de abril. Cada franquicia seguirá jugando 42 veces en casa y 42 de visitante, pero los dos partidos adicionales tienen un destino muy específico: uno de local y otro como visitante frente a un rival de la misma división.
Ahí está el primer matiz que muchos pasan por alto. La liga no rellenó el calendario con partidos neutros ni con exhibiciones disfrazadas de temporada regular. Lo que hizo fue añadir dos noches divisionales, es decir, dos noches de las que más duelen, de las que más se disputan centímetro por centímetro. Un Seattle-Vancouver no se parece en nada a un amistoso. Tampoco un Rangers-Islanders ni un Edmonton-Calgary. La NHL no agregó descanso disfrazado de partido. Agregó dos noches en las que nadie querrá ceder terreno.
No es la primera vez que la liga toca los 84 juegos. Ya ocurrió en 1992-93 y 1993-94, aunque entonces el número se completaba con sedes neutrales. Esta vez el concepto es distinto: rivalidad divisional pura, sin relleno.
Un delantero de rol suele jugar entre 10 y 15 minutos por partido. Una estrella puede rebasar los 20. Los defensas de primera línea rondan los 24 o 25. Con dos partidos más, un jugador puede sumar entre 30 y 50 minutos adicionales de hielo efectivo en la temporada.
Sobre el papel, parece poco. Pero el hockey no se juega sobre el papel.
Los cambios de línea duran entre 35 y 65 segundos porque ningún cuerpo puede sostener más tiempo esa intensidad. Cada turno exige aceleración máxima, frenada brusca, lucha contra las tablas y, con frecuencia, un golpe que nadie anota en la hoja estadística. Son esfuerzos explosivos que se repiten decenas de veces por noche, y que ahora se repetirán dos noches más al año, en partidos que —por ser divisionales— suelen ser de los más físicos del calendario.
No hace falta exagerar para entender el riesgo: no es que dos partidos adicionales vayan a producir automáticamente más lesiones, porque las lesiones dependen de muchos factores. Lo que sí aumenta, sin discusión posible, es la exposición. Más tiempo de competencia significa más oportunidades para que algo ocurra. Y esa es, quizá, la aritmética más cruel de este deporte.
Mientras la tabla de posiciones mide puntos y goles, existe otra clasificación que casi nunca aparece en pantalla: la del desgaste por viaje.
Seattle encabezará esa tabla invisible. Los Kraken recorrerán cerca de 51,335 millas (82,615 KM) durante la temporada regular, el equivalente a más de dos vueltas completas al planeta. Dallas aparece casi a la par, con unas 51,284 millas (82533 KM), y Vegas, Colorado y Chicago tampoco estarán lejos de esa barrera. Una franquicia de la NHL puede pasar entre 60 y 110 horas reales dentro de un avión a lo largo de la campaña, y si se suman traslados, esperas y desplazamientos hacia hoteles, esas horas fácilmente se convierten en ocho, diez o quince días completos de la temporada suspendidos en el aire: ni descanso pleno ni entrenamiento real.
La geografía, además, reparte el castigo de forma desigual. Seattle, Edmonton o Vancouver no tienen un rival a la vuelta de la esquina; cada gira hacia el Este implica cruzar el continente entero. En cambio, Rangers, Islanders y Devils pueden resolver buena parte de su calendario divisional casi sin subirse a un avión, y Philadelphia, Pittsburgh, Washington o Boston viven en un corredor donde los traslados se miden en horas, no en husos horarios completos. Ahí aparece uno de los desequilibrios más silenciosos del hockey moderno: el calendario marca 84 partidos para las 32 franquicias, pero no todas recorren el mismo camino para disputarlos.
Y como si la logística no fuera suficiente, esta temporada suma un capítulo extra: Seattle viajará hasta Helsinki para enfrentar a Carolina el 12 y el 14 de noviembre, dentro de la Global Series, con un cambio de diez horas respecto a su horario habitual. Chicago y Ottawa harán lo propio en Düsseldorf. El sueño, la recuperación neuromuscular y el estado de alerta —elementos que hoy los propios equipos consideran parte del entrenamiento, no un lujo— quedan sometidos a una prueba que ningún gráfico de minutos jugados logra capturar del todo.
The @NHL released the complete schedule for the 2026-27 regular season, the biggest in League history.
— NHL Public Relations (@NHLPR) July 16, 2026
Full details: https://t.co/9rinoFGtQU pic.twitter.com/AjI1fPKwPe
Y ahora, la otra cara de la moneda: la pantalla
Aquí es donde el calendario deja de ser solamente una carga física para convertirse también en una apuesta de exposición.
La NHL quiere ser vista, y quiere ser vista en todas partes. ESPN y la familia Disney sigue siendo el gran socio de transmisión de la liga en Estados Unidos, dentro de un acuerdo que corre hasta la temporada 2027-28. Esa alianza se traduce en decenas de juegos nacionales exclusivos por ESPN y ABC, un paquete amplio de encuentros disponibles vía streaming, y la cobertura de los grandes eventos: la noche inaugural, el Juego de Estrellas, buena parte de los Playoffs y —en años alternos— la Final de la Stanley Cup.
Para el público de habla hispana en Estados Unidos, Puerto Rico y buena parte de América Latina, esa ventana ha sido clave para acercar el hockey a audiencias que antes lo veían como un deporte lejano, casi exótico. Con más partidos en el calendario, ESPN y Disney Plus tienen también más inventario para exhibir: más noches de hockey disponibles para un aficionado que hoy puede seguir la acción tanto en televisión tradicional como en streaming, desde su teléfono o desde la sala de su casa.
Ahí está la otra ambición detrás del número 84: no se trata solamente de vender boletos o llenar arenas, sino de construir una presencia internacional más grande, con juegos en Finlandia y Alemania, con transmisiones pensadas para el horario estelar europeo, y con una difusión digital que ya no depende únicamente de la señal abierta. La liga se globaliza desde una oficina y desde una plataforma de streaming. El jugador, mientras tanto, se globaliza desde un avión.
Cuando llegue junio y un capitán levante la Stanley Cup, ese trofeo de casi quince kilos pesará más de lo que pesa el metal. Pesará por los 84 partidos de temporada regular, por los hasta 28 adicionales de playoffs, por las decenas de miles de millas recorridas, por las horas de vuelo, por los cambios de huso horario, por los golpes que nunca aparecieron en una transmisión.
La NHL tendrá más hockey, más pantallas y más alcance que nunca. Los aficionados —los de aquí y los de medio mundo, gracias en buena parte a ESPN y Disney Plus— tendremos más partidos para ver. Pero la factura física de ese crecimiento no la vamos a pagar nosotros desde el sillón.
La van a pagar ellos, sobre el hielo, cada noche, hasta que solamente quede un equipo de pie.
