A unas horas de jugar, el alemán Mesut Özil comió pasta, pescado, verduras y bebió café. A unos kilómetros de distancia, cinco jugadores de Argelia, decidieron ayunar desde el alba. Tenían varias cosas en común. La más cercana, que sus selecciones jugarían los octavos de final en Belo Horizonte; la más profunda, su religión musulmana.
En medio del Mundial de Brasil 2014 se cruzó el noveno mes del calendario musulmán, el Ramadán, aquel que exige el ayuno como método de auto purificación, un camino por el que también se llega a la fuerza espiritual y a la paciencia. Sólo se puede comer y beber en las horas donde no hay luz solar, además de evitar relaciones sexuales y mostrar una moral pura, soslayando hablar a espaldas de otras personas.
Özil anticipó el impacto del bochorno con una frase contundente: “estoy trabajando y voy a continuar así, por lo que este año será imposible hacer el Ramadán”. No será la primera vez, en la Eurocopa de Francia 2016 también lo evitará. La disciplina marcial la reservaba sólo para el futbol pero cada año al menos, visitará La Meca, el templo sagrado del islam.
En Argelia en cambio, se lo tomaron como un dilema, sobre todo para el técnico Bosnio Vahid Halilhodzic que previno el asunto llevando con el equipo a un experto en nutrición, el doctor Hakin Chalabi quien dejó a la voluntad de cada uno el ayunar dándoles un régimen especial. Desde el 28 de junio, un par de días antes del vital encuentro, cinco jugadores titulares decidieron seguir las reglas de su religión: el capitán Rafik Haliche, el portero Rais M’Bolhi, Aissa Mandi, Sofiane Fegpuhli y Medhi Mostefa.
El partido de octavos de final además, representaba para Argelia un escape de emociones y de cuentas no saldadas. Fue en 1982 durante el Mundial de España cuando debutaron con una sorprendente victoria ante los alemanes aunque los resultados del grupo llevaron a definir todo al cierre; ahí, germanos y austriacos pactaron en la cancha un resultado que los clasificaría dejando eliminados a los africanos, lo que pasaría a la historia como ‘la vergüenza del Molinón’.
El juego se programó a las cinco de la tarde, es decir, faltaba al menos una hora para el anochecer en Brasil y la mitad del equipo argelino tenía el estómago vacío. El técnico Halilhodzic suspiraba un poco. El primer tiempo había sido una paridad que nadie esperaba y de sus jugadores que realizaron el Ramadán, ninguno daba muestras de flaqueza. Incluso les habían anulado un gol por posición adelantada. Mesut Özil en cambio, tardó en entrar en sintonía, jugando por el lado izquierdo y mandando centros la mayoría de las veces, custodiado por Medhi Mostefa que lo detuvo en más de una ocasión a la fuerza a pesar del ayuno.
El juego de Argelia tenía una genialidad adulta y una fe inquebrantable. No hubo un equipo en ese Mundial que exigiera tanto a la intimidante maquinaria alemana que por su futbol jovial y de buen gusto, acabaría fascinando al mundo al meterle siete goles a Brasil. Mientras tanto tuvo que taladrar mucho la resistencia argelina que al menos, ya con la luna asomada, podía beber agua.
Este partido le sirvió a Alemania para medir su poder, mirarse en el espejo y hallar sus imperfecciones. Los rostros de incredulidad de Joachim Low y en especial de Mesut Özil cuando llegaron los tiempos extras, eran el indicativo de que nada estaba asegurado. Fue cuando un gol de André Schurle con la espuela al minuto 92 erosionó la resistencia argelina. Los valores de un país no se miden forzosamente en el futbol pero se entienden gracias a él. Incluso cuando vieron que les anotó al minuto 120 Mesut Özil, el musulmán alemán que festejó a pecho inflado, no cesaron en su empeño de arañar el marcador descontando un gol.
Esa noche al menos, de regreso al hotel ya con la eliminación consumada pero el espíritu tranquilo, podrían comer el pescado que Özil digirió hacía varias horas.
Esta historia es parte de una colección de 20 escritos, uno por cada Mundial, desde Uruguay 1930 hasta Brasil 2014:
