Una vieja máxima del fútbol asegura que siempre da revancha. RD Congo tenía derecho a empezar a dudar de ese postulado después de 52 años de una presentación mundialista que había dejado más tristezas que alegrías. Que además, entre resultados objetivamente pésimos y la mirada prejuiciosa de una jugada desgraciada, dejaron el prestigio de su seleccionado en un sótano olvidado. Pero llegó la clasificación al Mundial 2026, con una mentalidad y una planificación diferentes, y ese seleccionado que en 1974 se presentó incluso con un nombre distinto vivirá este año su revancha. O al menos, la posibilidad de tenerla.
Para quienes siguen de cerca los Mundiales, el recorrido del seleccionado congoleño en su única Copa del Mundo remite a una de las historias más amargas de la competición. Zaire, nombre del país en ese tiempo por una decisión que había tomado en 1971 el dictador Mobutu Sese Seko, fue el segundo representante de África que llegó al torneo a través de una Eliminatoria. Un gran honor pero también una gran responsabilidad. El tiempo demostraría que estar a la altura de tamaña competencia iba a ser muy difícil, en tiempos en que las distancias, en todo sentido, eran más difíciles de acortar.
Aunque hoy cueste imaginarlo, era una época en que el país parecía empezar a pisar fuerte en el concierto del deporte mundial, no solamente en el fútbol. En el primer semestre de 1974, cuando el seleccionado se preparaba para jugar en Alemania, Mobutu sumó otro gran impacto al conseguir que se organizara en Kinshasa la pelea por el campeonato mundial de los pesados entre Muhammad Ali y George Foreman, una de las más importantes del siglo. Ni en Nueva York, ni en París.
La expectativa alrededor del Mundial, con tantos recursos puestos al servicio de esa ilusión, era elevada. Pero en los hechos Zaire se enfrentó con una realidad despiadada: perdió sus tres partidos sin marcar goles y su caída 9-0 contra Yugoslavia quedó marcada como una de las goleadas más abultadas de la competición. Por esa actuación funesta, que incluyó además las derrotas 2-0 ante Escocia y 3-0 frente a Brasil, al día de hoy figura penúltimo en la tabla histórica de los Mundiales, sólo por encima de El Salvador. Esos números son parte de lo que el seleccionado puede cambiar este año, cuando enfrente por el grupo K de la competición a Portugal, Uzbekistán y Colombia.
Una lógica distinta para RD Congo, 52 años después
De las diferencias más marcadas que se pueden establecer entre aquel debut y la presentación actual, una bien concreta es que mientras en 1974 todos los futbolistas jugaban en la liga local, esta vez el equipo incluye, por ejemplo, a una estrella como Yoane Wissa, que pisa fuerte en los países centrales del mundo del fútbol. Es la gran esperanza de la RD Congo aunque después de su mágica temporada 2024/25 en Brentford, en la que convirtió 19 goles en la Premier, su nivel haya caído. Newcastle, que lo incorporó para esta campaña en un acuerdo por 55 millones de libras (74 millones de dólares), todavía espera que vuelva a ser aquel jugador y que deje definitivamente atrás los problemas físicos que le impidieron tener continuidad, tanto en el club como en el seleccionado. Una buena actuación en el Mundial 2026 puede ser un punto de apoyo para reencontrarse.
Además de por sus condiciones, Wissa es un símbolo del equipo porque, como otros de sus compañeros, tenía la posibilidad de representar a otro seleccionado -él nació en Francia- pero eligió jugar para la patria de su familia. “Me llena de orgullo y gratitud haber peleado por el país. Hicimos todo para que la gente tuviera una sonrisa. Espero que puedan disfrutar de este logro y olvidar un poco algunas cosas que pasan en la vida diaria”, expresó el delantero a la prensa luego de haber obtenido la ansiada clasificación.
Aunque el delantero de Newcastle sea el jugador de mayor visibilidad del plantel, puertas adentro hay otros referentes. Como el capitán Chancel Mbemba, un símbolo del seleccionado, que nació en Kinshasa pero desarrolló toda su carrera profesional en Europa y desde 2025 es una de las columnas en la defensa de Lille. O el lateral Aaron Wan-Bissaka, ex-Manchester United y actualmente en West Ham, que nació en Gran Bretaña y jugó en categorías juveniles para Inglaterra, pero el año pasado tomó la decisión y se puso por primera vez la casaca azul de la RD Congo. Todas esas historias individuales se sumaron para llevar al país a su primera Copa del Mundo en más de medio siglo.
Congo: una autoestima que debe terminar de recuperarse
A la hora de hablar de la herida que dejó abierta la participación del seleccionado en 1974, el análisis no puede detenerse apenas en los muy malos resultados. Situaciones que fueron más allá de los números contribuyeron al armado de un sentido común, que señalaba a los zaireños como algo parecido a intrusos en la gran fiesta. Porque es cierto que sufrieron una de las derrotas más abultadas de la historia de las Copas del Mundo. Pero también que cargaron con una estigmatización con la que no tuvieron que lidiar los surcoreanos, a los que les hicieron 16 goles en dos partidos en Suiza 1954, ni los salvadoreños, que perdieron 10-1 con Hungría en 1982. La imagen que la historia le reservó a Zaire fue la del ridículo. Ese del que, según la sabiduría popular, no se vuelve.
Ya se habían registrado denuncias en Alemania de que la delegación comía monos, algo que agredía las costumbres occidentales. También la goleada inapelable ante Yugoslavia. Pero la puntada final para dejar fijado el concepto se dio en el último partido, la caída 3-0 ante Brasil, con una de las jugadas más recordadas de la historia de los Mundiales. Cerca del cierre, ya con la diferencia de tres goles subida al marcador, los vigentes campeones del mundo dispusieron de un peligroso tiro libre a favor en el borde del área. Fue entonces cuando, luego de que el árbitro diera la orden, salió disparado de la barrera el defensor Mwepu Ilunga y despejó la pelota con todas sus fuerzas hacia campo brasileño.
¿Qué había pasado? El comentarista de la BBC John Motson expresó de alguna manera lo que sentían muchos desde los países centrales del fútbol, que habían condescendido a cederles una plaza a los zaireños en las Copas del Mundo: “Un extraño momento de ignorancia africana”, sentenció, según contó The Sun en un artículo de reciente publicación.
Muchos años después de la jugada, Ilunga, que murió en 2015, alegó que su acción fue un acto de protesta contra Mobutu, porque no había pagado los premios por la clasificación y amenazaba a los jugadores con represalias si sufrían cinco goles en contra o más ante Brasil. Consultado por el tema, Mohamed Kalambay, uno de los arqueros de aquel Zaire, no confirmó ni desmintió las razones que esgrimió Ilunga. “Puede ser que haya tenido que ver lo que él dijo, pero también es verdad que puede haber estado movido por los nervios. Él era muy nervioso”, afirmó Kalambay, que también era compañero del defensor en el equipo TP Mazembe, en 2022 al podcast de la BBC británica “Testigos del Deporte”.
Al día de hoy, no son pocos los que desconfían de su versión, aunque debería contemplarse que Ilunga tenía 25 años, había desarrollado una carrera y llegado a la máxima competencia por naciones. ¿Habría podido llegar ahí sin saber lo que hay que hacer cuando un árbitro da la orden de ejecutar un tiro libre, algo que aprende cualquier chico después de jugar su primer partido? Otras preguntas son posibles: ¿Qué se habría dicho si la jugada por la que quedó inmortalizado la hubiera protagonizado un futbolista italiano o uno alemán? ¿Se habría asegurado, sin temor a equivocarse, que desconocía el reglamento, o se habrían imaginado otras razones?
Parece quedar claro que en aquel Mundial el seleccionado congoleño no sólo fue víctima de su inexperiencia o de los poderosos ataques rivales, sino también del prejuicio de quienes, a veces sin decirlo, lo miraban como si estuvieran a una altura superior. Algo que ya debería haber cambiado.
Congo debe escribir una historia diferente en el Mundial 2026
Algunas cosas se han modificado desde 1974, pero no todas. Por ejemplo, que a diferencia de otros seleccionados del continente que empezaron a confiar más en la sabiduría que crece en su país, RD Congo volverá a transitar la Copa del Mundo de la mano de un entrenador extranjero. Aquella vez fue el macedonio Blagoje Vidinic, que tenía la experiencia de haber dirigido cuatro años antes a Marruecos, el anterior representante de África en el Mundial. En esta ocasión será un francés, Sébastien Desabre, que asumió en 2022 en reemplazo de otro foráneo, el argentino Héctor Cúper, y cosechó una amplia experiencia en equipos del continente además del seleccionado de Uganda.
“Esto genera orgullo, primero y principalmente para los congoleños. Los hinchas estuvieron presentes en gran número y hacen muchos sacrificios para estar. Ahora lo importante es que todo el mundo sepa que el Congo no sólo tiene buenos jugadores, sino que además ellos tienen coraje”, marcó un eufórico Desabre luego de la clasificación.
Con su victoria ante Jamaica en el repechaje, Congo fue cronológicamente el penúltimo seleccionado en clasificarse al Mundial, sólo unas horas antes de que Irak superara a Bolivia y se quedara con la plaza que quedaba.
Este año buscará dejar atrás definitivamente el pasado. Aunque, considerando el trato que recibió el seleccionado en 1974 y después, tal vez no sea sólo RD Congo la que se debe una revancha. Acaso el mundo del fútbol sea también el que demuestre que ahora sí está a la altura de tratar de igual a igual a un equipo que se ganó dentro de la cancha su derecho a participar del Mundial.
