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Mourinho: A 10 años de la derrota más dulce en el Camp Nou

BARCELONA -- “Merecimos el empate porque mi equipo hizo un partido defensivo absolutamente espectacular… Sin duda, es la derrota más bonita de mi vida”. Así saludó José Mourinho el 1-0 con que su Inter de Milán cayó derrotado en el Camp Nou el 28 de abril de 2010 y que le abrió las puertas a la final de la Champions que conquistaría tres semanas después en Madrid frente al Bayern de Munich.

Aquella era la tercera eliminatoria entre el técnico portugués y el Barça. Una ganada y una perdida con el Chelsea, en las temporadas 2004-05 y 2005-06 la precedían, además de los duelos con Chelsea e Inter en la fase de grupos. No había alcanzado el grado máximo de animadversión que tuvo después como entrenador del Real Madrid pero en el estadio azulgrana ya eran populares los cánticos en su contra y la acidez de su discurso como respuesta.

Pero aquel 28 de abril era la primera vez que se enfrentaba en puertas de una final y Mourinho llevó hasta el paroxismo la máxima de ‘ganar de cualquier manera’. Fue una semifinal anómala desde el principio. El cierre del espacio aéreo en Europa por la nube de ceniza y polvo expulsada por el volcán islandés Eyjafjallajökull provocó que el Barça recorriera los casi mil kilómetros hasta Milán por carretera y en San Siro, en el partido de ida, el equipo de Guardiola sufrió una derrota (3-1) tan cruel como polémica. Un gol en posible fuera de juego de Sneijder, dos penalties a favor no señalados… Un arbitraje de Olegario Benquerença, compatriota de Mou, que dieron tanto que hablar hasta convertir el partido de vuelta en explosivo.

La Barcelona futbolística se tomó el choque como una batalla definitiva. Mientras Guardiola intentaba preparar lo mejor posible el encuentro, el entorno apelaba a la épica, a la historia de las remontadas, a la búsqueda de la eternidad… Y Mourinho estudiaba la manera de anular a un equipo considerado intocable. Borrar a Xavi, aburrir a Iniesta, descomponer a Messi. Romper, en una palabra, la personalidad futbolística del Barça.

LA DEFENSA PERFECTA

El cómo daba igual. Dio igual. Nunca se sabrá si el cambio de Chivu en lugar de Pandev decidido a última hora en la alineación del Inter fue por una lesión del delantero en el calentamiento o una treta de su entrenador, pero el polivalente defensa rumano que había estado tiempo antes en la órbita del Barça se convirtió en la sombra de Messi desde el minuto cero y desde aquel preciso instante se comprendió que el partido sería un monólogo ofensivo azulgrana enfrentado a una defensa, nunca mejor dicho, numantina del Inter.

Ni la expulsión de Motta a la media hora, provocada por un manotazo que Busquets supo exagerar convenientemente y fue saludado con un aplauso irónico

por Mou desde la banda, varió el plan del técnico portugués. Si acaso aumentó la intensidad defensiva de un equipo en el que Diego Milito, héroe bigoleador en la final, se convirtió un aloado correcaminos cuando no en improvisado central y Samuel Eto’o, la víctima de Guardiola el verano anterior en un cambio inverosímil por Ibrahimovic, ejerció de carrilero incansable como apoyo de Javier Zanetti.

A Walter Samuel y Lúcio les ayudó Cambiasso, que abandonó su habitual papel de mariscal de juego, mientras Cambiasso y Sneijder se multiplicaron en facetas de contención, tapando los interiores como buenamente podían tras la tarjeta roja de Motta. Ahí se sumaron después Mariga y Muntari… Y hasta Iván Córdoba, otro central sumado a la causa en la recta final de la noche.

“Es difícil, muy difícil, jugar contra un equipo con la movilidad del Barça” convino tras el choque Mou, quien reconoció que su idea fue “renunciar a la pelota, dársela al Barça porque así no nos podría presionar arriba”. El plan del portugués se tradujo en un partido trabado y en el que la estadística mostró que su equipo apenas tuvo el balón durante quince minutos y no remató ni una sola vez a la portería de Víctor Valdés.

EL FINAL

La muralla interista se resquebrajó a los 84 minutos. Un pase filtrado de Xavi a Piqué, ya convertido en delantero, acabó en gol después de que el central recortase a Córdoba y marcase a puerta vacía para convertir el colofón del partido en una locura. El 2-0 clasificaba al Barça de Guardiola, campeón en ese momento del torneo, para la final del Bernabéu. Llegó en tiempo añadido.

Un balón rechazado por Walter Samuel al intento de pase de Piqué rebotó en el pecho de Yaya Taouré y lo dejó en poder de Bojan, dentro del área. Se revolvió ante Córdoba y marcó de disparo raso. Enloqueció el Camp Nou… Y el árbitro belga Frank de Bleeckere anuló la jugada por estimar que Touré había tocado el balón con el brazo.

Acabó el partido. La decepción mayúscula en el Camp Nou dio entonces paso a una escena inimaginable. Mourinho soltó toda la adrenalina acumulada celebrando el ‘triunfo’ con una alocada carrera por el césped mientras se ponían en marcha los aspersores expulsando agua por el terreno de juego. “se quería evitar que algún aficionado saltase al campo” se defendió el Barça para explicar aquella decisión que mojó a todos los jugadores, eufóricos, del Inter y a su entrenador, que saludaban brazo en alto a los más de 4 mil hinchas presentes en la gradería alta del estadio.

Valdés salió al paso de Mou, tratando de llevárselo a empujones y afeando lo que entendió como poca deportividad mientras la afición local estallaba de rabia en contra del portugués, quien se defendió después asegurando que su actuación era “una celebración con los míos, no una provocación a la afición del Barça”.

“Sabemos ganar y sabemos perder porque este club en su historia ha perdido mucho más de lo que ha ganado… Pero estoy orgulloso de los míos y solo me sabe mal no haber llevado a esta maravillosa afición a la final de Madrid. Felicidades al Inter” cerró la noche Pep Guardiola en la sala de prensa.

Después acudió Mourinho. Feliz. “Es mi derrota más dulce” proclamó. Y tres semanas después, en el Bernabéu, alcanzó la eternidad… Inmediatamente antes de despedirse de los suyos y poner rumbo hacia un Real Madrid en el que su relación con el Barça alcanzó el paroxismo… Aunque esa es otra historia.