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Descansa Muhammad Ali mirando hacia la Meca como buen musulmán

Un asfalto pavimentado de rosas llevó a Muhammad Ali a su última morada Getty Images

Nota del editor: A un año de la muerte de Muhammad Ali, ESPN The Magazine compila los eventos y protagonistas durante la agonía, muerte y sepelio del llamado "El Más Grande". Esta es la tercera y última parte sobre los eventos que se suscitaron luego de que Alí expirara el 3 de junio de 2016.

No duermen. Nadie logra hacerlo -- Bob Gunnell y su personal han instalado una "sala de guerra" en el Marriott ubicado en el centro de Louisville, donde no cesan de recibir llamados y los teléfonos no paran de sonar y la adrenalina no para de acumularse. No duermen porque no pueden dormir, y sea la hora que sea en que Gunnell finalmente colapsa sobre la cama de su habitación en el hotel, comenzará su día presentándose ante Lonnie al amanecer.

La mayoría de los días, ven el amanecer antes de que todo Louisville lo haga. El miércoles, sin embargo, Gunnell le envía un mensaje de texto a Lonnie a las 6 a. m. informándole sobre algo que había comenzado a ocurrir en las primeras horas de la mañana. Ellos se retiraron a dormir esperando que el KFC Yum Center, el gran estadio del centro de la ciudad, comenzara a distribuir entradas a las 10 para el servicio de homenaje del viernes. Las entradas son gratis, pero todos los que deseen obtenerlas tienen que formar una fila y retirarlas en persona. Cuando Gunnell se despertó, se enteró de que ya había una larga fila en el Yum Center -- una fila que comenzó a formarse a las 4 de la madrugada; una fila que se extendía hasta el Clark Memorial Bridge en la 2a. Avenida, y llegaba a Indiana; una fila que estaba forzando al Alcalde Fischer a abrir las boleterías de entradas del Yum Center inmediatamente. Gunnell le envía un mensaje de texto a Lonnie y ella le responde: ¿Es lo que leí? Él le responde. Sí, le dice. Hasta Indiana.

Las ventanillas se abren y en unos 45 minutos, desaparecen 15,000 entradas. Y Lonnie tiene que sonreir porque todo tiene un toque reminiscente de Ali. Incluso cuando morí, la gente hizo una fila que llegó hasta Indiana. Ella no está feliz, feliz no es la palabra que pueda describir lo que está sintiendo, y no lo será por mucho tiempo. Pero algo está sucediendo, la concreción de lo que ella pensó que era una fantasía. Muhammad le había dicho la verdad. El hombre que había soñado que las multitudes venían a buscarlo, y ahora están viniendo.


Un avión aparece en el cielo. Es plena madrugada del miércoles, las 2:30 aproximadamente, pero una caravana de automóviles ocupa la rampa, esperando que el avión aterrice. Es una gran caravana, sin duda una presidencial, compuesta por unos 50 vehículos, con sus motores funcionando, las luces proyectando sombras que giran. Cuando el avión aterriza, una prolija figura vistiendo traje desciende las escaleras y luego pisa la alfombra roja que ha sido desenrollada para él. No es un hombre grande, pero tiene cierta arrogancia contenida, como si una alfombra roja se extendiera ante él dondequiera que él vaya. También tiene su propia fuerza de seguridad, hombres con su propia arrogancia contenida.

Barack Obama no asistirá al funeral de Ali porque, ahora en el último año de su presidencia, va a estar presente en la graduación de su hija mayor de la secundaria. Pero Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, ha llegado a Louisville con regalos. Ha traido un corte de tela que se dice es de la Kaaba, el templo con forma de cubo ubicado en el centro de la Meca, y por lo tanto en pleno corazón del Islam. Quiere envolver con ella el ataúd de Ali en la jenazah del jueves. No difiere mucho de las multitudes que han peregrinado al funeral de Ali. Desea traer algo propio a Ali; quiere establecer su conexión con Ali; quiere homenajear a Ali y, por lo tanto, homenajearse a si mismo y a su pueblo. Por otra parte, él es Recep Tayyip Erdogan, un hombre poderoso para quien el funeral representa no solo una ocasión sino una oportunidad. Él es, insisten sus representantes, el líder del mundo islámico. Y quiere una plataforma en la jenazah acorde con su exaltada posición.

Siete años antes, Lonnie Ali vio el funeral de Michael Jackson y supo que no quería que el funeral de su marido fuera como eso -- un funeral en el cual los dolientes parecían tener un interés individual. Ella tenía la visión de algo muy diferente, un funeral con el espíritu de Muhammad Ali y para el espíritu de Muhammad Ali, en el que los creyentes se reunieran solo para acompañar al héroe caido con oraciones hasta el paraíso. De esa manera, el funeral sería similar en espíritu a la hajj, el peregrinaje a la Meca que se le exige a todos los musulmanes practicantes. No habría distinciones entre ricos y pobres o entre negros y blancos, ni tampoco habría lugares especiales para el ejercicio del poder político, ya que todos son iguales a los ojos de Dios.

Y es así que cuando llegó el amanecer el día jueves, la atmósfera del Ala Norte del Salón de Exposiciones del Kentucky Exposition Center ya está cargado con una mezcla de devoción y conflicto. A los equipos de seguridad asignados a la jenazah por el Servicio Secreto de los EE. UU. y por la Policía Metropolitana de Louisville no les agrada el salón, por precisamente las mismas razones que son del agrado de Zaid Shakir y Timothy Gianotti -- porque es amplio y plano sin "lugares aventajados" en caso de que la presencia del cuerpo de Muhammad Ali originara una gresca. Los creyentes comienzan a llegar cuando los agentes lo hacen, formando una fila a las 6 de la mañana, y cuando Zaid Shakir comienza la jenazah seis horas más tarde, parado junto al ataúd en que descansa el cuerpo de Muhammad Ali, ya hay miles de presentes para unírsele en las oraciones. Hay blancos y hay negros; son musulmanes y también no musulmanes; son miembros de la familia de Ali y son miembros de la familia de los famosos; y han convertido al Kentucky Exposition Center en un templo improvisado, cuando el presidente de Turquía llega con su equipo de seguridad.

Erdogan ha llegado sin duda con su regalo, el trozo de tela de la sagrada Kaaba. Pero el regalo ha sido rechazado porque vino con ciertas condiciones, y los hombres que lo rodean están determinados a hacer que esas condiciones se cumplan. Forman una falange alrededor de su presidente y comienzan a abrirse paso a codazos y empujones hasta el cuerpo de Muhammad Ali. Se los invita a sentarse en la sección VIP, junto a los políticos y figuras del deporte estadounidenses, pero no, ellos buscan un lugar no solo de prominencia sino de proximidad, de manera de poder cubrir el ataúd de Ali con el paño de la Kaaba. La muchedumbre que está de pie responde a los empujones como todas las multitudes lo hacen, con una electrizante sensación de incomodidad; el agente de policía de Louisville que estaba parado al frente del ataúd es rodeado por siete de sus colegas, que forman una línea propia. Las dos falanges se encuentran; se habla de evacuar el cuerpo; y luego Timothy Gianotti se adelanta para recordar a los hombres de Erdogan el espíritu de la hajj. Es un momento de incertidumbre que se transforma en un momento de la verdad, porque Erdogan se retira. Deja el salón; deja Louisville; y el avión en el que llegó retorna al cielo.


Esa noche, los visitantes llegan a la casa velatoria de Porter, uno tras otro. Ali está en un ataúd cerrado ubicado en un salón privado, y cada uno tiene una cantidad de tiempo determinada para visitarlo. Louis Farrakhan es el primero, con representantes de la nación del Islam; se les concede media hora. Luego siguen los hijos, durante una hora. Luego es el turno de Rahman Ali, afectado por la misma enfermedad que destruyó a su hermano. Cuando era un hombre joven, tenía un rostro de facciones agudas; ahora es ancho, casi creciente, como el de Muhammad. Tiene una hora en Porter, pero es un hombre inclinado a aparecer y partir inesperadamente, y no usa todo el tiempo que le fue asignado. Ali está solo mientras la casa funeraria se va vaciando; entonces cuatro hombres abren el ataúd para dar una última mirada. No es por amor, o por el impulso mencionado en la mitología, cuando los mortales cometen el error de robar una última mirada a los dioses. Es por una cuestión de deber. Tienen que girar su cuerpo de manera que cuando esté en la tierra en Cave Hill, con sus pies hacia el norte y la cabeza hacia el sur, esté apoyado sobre su costado derecho, con su rostro mirando al este. Woody Porter, Jeff Gardner, Zaid Shakir y Timothy Gianotti: Todos intervienen; todos lo hacen girar y acomodan el ataúd para que permanezca en esa posición. Y todos lo ven. Tenía una cara inusual para un hombre que universalmente era considerado apuesto -- -era redonda y blanda, sin rasgos netos y más notable por su piel que por sus huesos. Muy pocas veces decía él que era apuesto; él se definía como bonito, y tenía razón. "Soy un hombre malo", dijo, sin embargo nunca abandonó el rostro de un niño amado hasta que su rostro lo abandonó a él. Es la suavidad mimada la que lo abandonó, y al yacer en su ataúd, ella ha sido reemplazada por una altivez con turbante y ese brillo que no puede desaparecer. Cuando los cuatro hombres terminan su trabajo, se convierten en los últimos hombre de la tierra en ver su rostro, y cuando cierran la tapa, saben que ningún otro ser humano volverá a ver a Muhammad Ali nuevamente.


Hay un servicio de oraciones el viernes por la mañana, dirigido por Zaid Shakir, y luego los portadores llevan el ataúd al brillante coche fúnebre negro. Hay 10 de ellos, debido al peso que transportan y todos tienen una cosa en común. Han sido elegidos. Algunos son familiares, mayoritariamente del lado Clay; algunos son famosos, Mike Tyson y Lennox Lewis y Will Smith; y uno ha sido elegido para ser portador porque Ali lo eligió para ser su amigo. John Ramsey era simplemente un admirador cuando conoció a Ali; un joven de unos 20 años que lo veneraba y que había sido empujado por sus amigos para acercarse a Ali en una fiesta. Él se le acercó con su impresión de Howard Cosell, a lo que Ali le respondió: "A Howard Cosell le pagan por eso. ¿Cuál es tu excusa?" Más tarde, lo miró a Ramsey y le dijo: "Me agradas. Anótame tu número. Te vendré a ver algún día". Dos semanas más tarde, la madre de Ramsey le dijo que fuera a la puerta, y allí estaba Ali. Fueron amigos desde entonces y Ramsey, que tiene un programa de comentarios deportivos en la radio de Louisville y nunca ha podido abandonar el gesto de adoración de su rostro, siempre se preguntó por qué. Viajó con Ali; le dio a Ali sus medicamentos y le abotonó sus camisas; y viendo cómo actuaba Ali con otras personas -- y a las personas a quienes le prestaba atención -- llegó a una conclusión. Ali eligió que Ramsey fuera su amigo porque Ali percibió que Ramsey necesitaba ser su amigo. Ali respondió a las necesidades de las personas y las personas respondían a la necesidad de Ali, y lo que Ramsey no puede evitar pensar cuando se encuentra con Mike Tyson a la mañana, y se sienta en un automóvil en la procesión del funeral en la improbable compañía de Lennox Lewis y Will Smith, es que ellos también deben haberlo necesitado.

Hay 17 vehículos en la procesión. El coche fúnebre está a tres vehículos del primero; el SUV de Lonnie está a tres vehículos del coche fúnebre, detrás de los imanes y los portadores. Está en el primer automóvil familiar, con Asaad, su hermana Marilyn y su sobrino. Y es por eso que otros integrantes de la procesión los ven antes que ella lo haga: la gente. No es simplemente una multitud alineada a lo largo de Bardstown RoadK; es el sueño de su esposo sobre las multitudes. No docenas, no cientos, sino miles y miles, poniéndole voz a miles de millones, en una incesante ovación cuyo eco se escucha por millas. ¡Ali! ¡Ali! ¡Ali!

Al principio Yolanda Williams piensa que va a desaparecer -- que ellos van a desaparecer-- cuando pasen por la salida de of A.D. Porter, y luego otra vez cuando dejen Bardstown Road y entren en la autopista. Pero el cántico sigue haciéndose más alto, la multitud es cada vez más numerosa, hasta que Lonnie Ali finalment se rinde, ante ellos, ante él y ante cómo se necesitaban mutuamente.

La ruta a Cave Hill se extiende por 23 millas (37 km), y la procesión tardó dos horas en recorrerla. Entran a la autopista, se detienen frente al Muhammad Ali Center, hacen un giro a través del centro de Louisville por el Muhammad Ali Boulevard, y luego se encaminan hacia el oeste, al hogar donde se crió. Nunca dejó de visitar su antigua calle. Acostumbraba a pedirle a Ramsey que lo llevara allí, y cuando veía a hombres reunidos en una esquina, hacía bajar su ventanilla y les decía, "Todavía les voy a dar una paliza n----s". Se detenían y lo repetían, y luego gritaban "¡Ali!" Estan todos allí ahora, todos los hombres del vecindario, todas las mujeres y los niños, todos los bebés, todos los negros de Louisville celebrando su retorno y planteando su reclamo final sobre él. Lonnie le había pedido a Kelly Jones y al asesor de seguridad Jim Cain si la procesión se podía detener frente a su vieja casa, pintada de rosa; le dijeron que sí, durante 15 segundos, temiendo ser superados. Pero ahora se tienen que detener. No tienen otra opción. Cuando giran a la izquierda y entran a la Grand Avenue, se ven envueltos no por una multitud sino por un populacho, no por personas, sino por un pueblo, y sienten el tironeo de la misma humanidad, esta guerrera entidad hecha de manos, lágrimas, risas, baile, música, carteles, bebés, sillas de ruedas, voces alzadas en un cántico de dos sílabas, un rugido articulado: AA-LIIIIII. Lonnie hace bajar su ventanilla. Incluso Will Smith hace bajar su ventanilla, diciendo "¡Muhammad no hubiera querido que estemos en una burbuja!" Más manos, estiradas, implorando y ahora besos.

Y luego lágrimas. Todos lloran, incluso los duros, especialmente los duros, Bob Gunnell, Mike Tyson y, sí, Lonnie, llorando por él, llorando por ellos, llorando por la multitud que tocaba sus automóviles y apilaba rosas en el coche fúnebre de Ali, pero también llorando por ellos mismos, con la certeza de que por más que vivieran nunca habrían de vivir algo como esto otra vez, ni sentirse tan vivos. La procesión comienza a moverse nuevamente, el agente de policía que estaba parado solo al frente del ataúd de Ali en la jenazah ahora al frente, en un automóvil "perforando" las aguas y permitiendo que Ali pasara por su hogar, recorriera Broadway, donde este hombre que soñaba con las multitudes también soñaba con volar.


La madre de Maggie Cassaro murió inesperadamente en septiembre último. Consternada por el dolor, la artista quiso hacer algo especial para su madre, así que reunió rosas y distribuyó sus pétalos a la entrada de su casa. La acera, el sendero hacia el porche, el mismo porche: todo adornado por una ráfaga de rosas. Cuando Ali murió, Cassaro llamó a Cave Hill solicitando permiso para adornar sus venerables portales. La oficina le recomendó que llamara a Boxcar. Ella lo hizo y la gente de Boxcar llamó a Lonnie. Habían escuchado docenas de ofertas y pedidos similares de personas que deseaban participar de alguna manera en el funeral de Ali. La de Maggie Cassaro fue la única que Lonnie aceptó, la única que la hizo llorar.

Una rosa promedio tiene 44 petálos. Con la ayuda de la antigua florería de Louisville, Nanz & Kraft, Cassaro, consiguió 88,000. Ahora, a medida que la procesión se aproxima a Cave Hill, Cassaro es una integrante de la multitud que está en los portales, produciendo una corrriente de copos de nieve rojos y rosas en un día de 90° F (32 °C) de junio. Hay rosas por todos lados en Louisville, rosas en las calles, rosas en el coche fúnebre de Ali, rosas todavía en las manos de las personas. Pero Cave Hill fue barrido por perros que olfateaban la presencia de bombas a las 6 de la mañana. Todos sus empleados están trabajando en este día, muchos de ellos ubicados en el perímetro para asegurarse de que nadie trepe por las paredes del cementerio. Está cerrado y sellado, y cuando Ali ingresa al lugar que nunca abandonará, los pétalos apilados en el portal permanecen como el último beso de Louisville.

Hicieron la fosa el día antes. Por lo general, es un trabajo de cuatro hombres, pero esta vez fue un trabajo de todos los hombres del equipo de excavación de Cave Hill para que los ocho algún día pudieran contar a sus hijos que habían ayudado a cavar la tumba de Muhammad Ali. Trazaron los bordes del pozo con una cuchilla de suelos y lo cavaron con una retroexcavadora, turnándose un hombre tras otro para accionar los controles. Luego fueron seguidos por un equipo de dos hombre de un fabricante local de criptas funerarias, que trajeron la cripta de Ali al cementerio en la parte trasera de un camión, y luego la bajaron al pozo con un guinche. Era -es- una cripta básica, negra con detalles plateados, que se ubicó dentro de un pozo de 63 pulgadas (160 cm) de profundidad y 36 pulgadas (91,5 cm) de ancho, del cual se había extraído un montículo de tierra y al interior del cual ese montículo esperaba pacientemente ser devuelto.

Es fácil perderse en el Cementerio Cave Hill, dentro de sus 16 millas de senderos circulares, así que tan pronto los portales se cerraron, Gwen Mooney se dirigió al frente de la procesión del funeral. Ella conoce el camino a la Sección U. No solo la procesión ha retornado a un mundo de silencio y privacidad, sino que los dolientes han tomado consciencia de su propia fatiga. Con sus anteojos negros y ropa negra, emergen de sus automóviles al sol y escuchan a Zaid Shakir pronunciar oraciones al lado de la tumba. En la colina, el equipo de excavación y los dos hombres del fabricante de criptas están listos para trabajar, suficientemente cerca para ver pero muy lejos para escuchar, hasta que son llamados para el entierro. En muchos funerales, la familia parte antes de que el ataúd sea descendido a la tierra, la cripta sellada y la fosa rellenada con la tierra extraida. En cambio, en el funeral de Ali, la familia está determinada a ver todo el proceso porque se lo debe a Alá y porque se lo debe a Muhammad Ali. Los familiares no pueden soportar dejarlo a su merced sin verlo, así que son testigos del momento en que el equipo de Cave Hill lo hace descender a la tumba y luego, un hombre llamado Ricky Barnett usa una pequeña grúa para sellar la cripta con una tapa de concreto de 1.000 libras (454 kg) pendiente de cortas cadenas. La tapa hace que la cripta quede hermética y virtualmente estanca, transformándola en una bóveda subterránea que existe contradiciendo la voluntad de Dios. Pero Dios es misericordioso, siempre que su misericordia no sea ostentada y ahora Zaid Shakir toma un puñado de tierra y la arroja sobre el ataúd de Muhammad Ali. Hace un ruido sordo, resonante.

"De esta tierra te hemos creado", dice Shakir.

El segundo puñado:

"A esta tierra te devolvemos".

Y luego el tercero:

"De esta tierra te resucitaremos".

Cuando Muhammad Ali murió, Shakir le dijo qué debía decirle a Dios. Ahora hace lo mismo, cuando el cuerpo de Ali ha sido enterrado y su alma ha sido liberada para enfrentar las preguntas de los ángeles. Se dirige a él directamente: "Muhammad Ali, dí que Alá es Dios ..." Pero ahora hay trabajo que hacer, y él no está solo. Él mira a Mike Tyson sacarse la chaqueta de su traje y tomar una de las tres brillantes palas nuevas de acero inoxidable que Cave Hill ha traído para la ocasión. Tyson cava, con fuerza y luego echa una palada de tierra dentro de la tumba, y luego otra más. Su contribución no es ceremoniosa; no entrega la pala; comienza a transpirar y luego Shakir oye ese sonido, el inconfundible uuungh de Mike Tyson poniéndose a trabajar. Él piensa, tengo que seguir a Mike Tyson ... pero eso es lo que todos piensan al agarrar las palas y transpirar sus ropas bajo el calor y seguir trabajando hasta que la cripta está cubierta y todo lo que se ve de Muhammad Ali es una capa de tierra de Louisville, aunque todavía puede olerse el perfume de las rosas.

Y entonces se van. Quince mil personas con sus respectivas entradas los están esperando en el Yum Center, junto con Bill Clinton y los otros oradores, los amigos famosos; los invitados honorables; la convocatoria de los mejores de todos los tiempos esperando en los vestuarios de la Universidad de Louisville convertida en sala de espera. Kareem y Beckham, Jim Brown, George Foreman y Sugar Ray Leonard ... Pero cuando los dolientes dejan los restos mortales de Muhammad Ali a la retroexcavadora y las palas, tres hombres vestidos con trajes y corbatas permanecen en el lugar hasta que el trabajo es terminado. Todd Kessinger, Brian Roggenkamp y Jon Lesher. Una semana atrás, fueron los únicos que se quedaron en la habitación del hospital después de que Muhammad Ali falleció. Ahora son los únicos que quedan en su tumba. Ha sido una semana fácil para ellos de muchas maneras; nadie ha sido asesinado desde el 2 de junio. Pero la mañana siguiente, Kessinger retornará a su trabajo y se encontrará con que tiene que investigar el asesinato de una mujer llamada Jacoya Mangrum, muerta a las 4 de la madrugada del 11 de junio de 2016, en un mundo sin Ali.


Es tentador, cuando se hace una visita, creer que Ali ha sido liberado -- creer que él existe en la belleza del paisaje, en el sol que está en el cielo y en el viento que atraviesa el árbol de magnolia que da sombra a su tumba, en lugar de estar bajo tierra. Pero él ha estado allí hace ya un año. Está en el fondo de una fosa cavada por ocho hombres que compartieron una retroexcavadora. Está dentro de una cripta, negra con detalles plateados, fabricada a menos de 2 millas (3,2 km) de distancia y luego sellada, frente a su familia, por un hombre que colocó una tapa de 1,000 libras con una grúa. Está en un ataúd hecho de caoba africana, con cada placa de 4 a 6 pulgadas de espesor, así que el ataúd pesa 700 libras, vacío. Todavía muy limpio, él está perfumado y envuelto en tres piezas de hilo atadas con tiras de hilo. Solo su rostro está descubierto, pero está mirando al este, hacia la Meca, porque antes de cerrar su ataúd por última vez, cuatro hombres -- dos musulmanes y dos cristianos -- lo giraron sobre su costado derecho. La cripta es hermética, y en sus venas hay rastros del fluido usado para embalsamarlo, no deseable por las normas islámicas pero tampoco prohibido. El tiempo es implacable y los elementos finalmente harán su trabajo sobre su cuerpo y él, como Alá lo quiso.

Y porque Muhammad Ali está todavía allí, también está la mujer que nació siendo Yolanda Williams, conocida por todos como Lonnie. Ella lo visita, sabiendo que tenía razón todo el tiempo: No solo es un sitio hermoso, es el sitio apropiado para Muhammad. Está aislado y lleno de paz, pero sobre todo es acogedor, con dos bancos hechos con el mismo granito africano en el que se labró su lápida. Se sienta en ellos, esperando tener la oportunidad de hablar con él. Tantas personas pensaron que ella lo cuidó. Lo que no saben -- lo que nunca podrán entender -- es que él cuidó de ella. Él estuvo siempre con ella, él ha estado siempre con ella. Lo conoció cuando ella era una niña, así que cuando dice que perderlo fue como perder a un hijo, dice, casi con el mismo aliento, que perderlo fue como perder un padre. Un padre, un esposo, un hijo: una totalidad. Él me crió, dice ella. Y entonces una tarde, cuando se acerca temblorosa al aniversario de su muerte, ella lo va a ver otra vez a Muhammad. Es el fin de semana del Derby en Louisville, así que Maggie Cassaro llega a la tumba antes de que Lonnie lo haga, adornando el lote con una lluvia de pétalos de rosa en forma de un collar de caballo. Esto abruma a Lonnie, pero es que tantas cosas lo hacen desde que perdió a su esposo. Insiste en decir que las personas no la conocen, "la vieja Lonnie". Pero es la beneficiaria de una bondad tras otra. Ella y Muhammad eran optimistas, dice. No solo nunca se quejó de su enfermedad, sino que nunca se quejó de nada. Y nunca habló de la muerte; él hablaba solamente -- e incesantemente -- de la vida posterior. Ella es todavía una optimista, a pesar de todas sus lágrimas. Todavía llora fácilmente. Pero no llora muy seguido en la tumba porque no tiene oportunidad de hacerlo. Ella va allí para estar a solas con Muhammad, pero él nunca está solo. Él fue un guerrero y un fatuo; un hombre de oración y un embaucador; un mago que siempre tenía travesuras en su mente, y sigue haciéndolas. ¿Tiempo a solas con Muhammad Ali? Lonnie no consigue ni siquiera cinco minutos. No consigue ni dos minutos. No consigue estar a solas ni un minuto, antes de que alguien venga a visitar su tumba. Se supone que ella tiene la última palabra. Pero la última palabra está escrita para que todos la vean, sobre la brillante piedra negra extraída en África y ella no puede quejarse de tener que compartirla:

ALI.

Antes de incorporarse a ESPN como redactor sénior, Junod escribió para Esquire y GQ. Ha ganado dos Premios National Magazine, un Premio James Beard y el Premio June Biedler por artículos sobre el cáncer. Sus trabajos figuran en muchas antologías y su artículo sobre el 9/11 del 2003, "The Falling Man" (El hombre cayendo), fue elegido en el 75 aniversario de la revista Esquire como uno de los siete mejores artículos escritos en la historia de la revista.