BRISTOL -- Mi relación con México no comenzó con el boxeo, sino con la música y el cine.
En mi casa, era casi una religión escuchar los discos de Marco Antonio Muñiz, y su llegada a la Isla, generalmente en diciembre, para mí era el aviso indiscutible de que la Navidad estaba cerca. Igualmente, no pasaba un sábado por la noche en que no se encendiera el único televisor que había para ver 'Telecine Mexicano', con películas de Pedro Infante, Jorge Negrete, Julio Alemán, María Félix y por qué no, Santo, el enmascarado de plata, el primer héroe de muchos latinoamericanos.
Luego, la época de 'El Chavo del Ocho' y 'El Chapulín Colorado' tocó nuestras puertas a mi generación y a todas las que siguieron. Por otro lado, ningún artista puertorriqueño considera que ha tenido triunfos internacionales si no se populariza en México, y la mejor muestra es que varias de las más grandes creaciones del celebrado compositor boricua Rafael Hernández se produjeron durante su etapa en la capital mexicana.
Con ese trasfondo, se me hace difícil pensar que haya una rivalidad México-Puerto Rico, aparte del boxeo. Pero esa, para mí, comenzó el 17 de julio de 1976.
Ese día, Angel 'Cholo' Espada debía defender su corona de las 147 libras frente a un 'desconocido' llamado Pipino Cuevas. Espada venía de romper una sequía de varios años sin campeones mundiales puertorriqueños al vencer en una cerrada decisión dividida al canadiense Clyde Gray y había convertido al Coliseo Roberto Clemente en una intimidante arena local de la nueva hornada de monarcas puertorriqueños, con defensas consecutivas allí ante Johnny Gant y Alfonso Hayman.
Pero aunque del récord de Cuevas (15-6, 13 nocauts) solo impresionaba su columna de nocauts, me preocupaba que era la primera defensa de Espada en casa del contrario. ¡Y qué casa!: la Plaza de Toros de Mexicali. No recuerdo mucho de la transmisión radial, pero sí cuando anunciaron el resultado, nocaut en el segundo asalto.
Espada, natural de Salinas, un pueblo al sur de la Isla, alquilaba una casa en la urbanización Caparra Terrace, a dos calles de donde yo vivía. Era bastante frecuente verlo llegar junto a Samuel Serrano y Víctor 'Millón' Ortiz, otro peleador de aquella época. Cuando se anunció una segunda pelea con Cuevas, me alentó el hecho de que fuera en el Clemente. "Allí sí que vas a ganar", me atreví decirle un día mientras echaba gasolina a su auto. "Claro que sí", me prometió. Todavía hoy no es un hombre de muchas palabras.
El 19 de noviembre de 1977, Pipino Cuevas vino a Puerto Rico, entró al Clemente y volvió a noquear a Espada, quien no obstante dio una valiente batalla por 11 asaltos, aunque terminó con la quijada rota. Ese día, no soportaba la música de Marco Antonio y me autoimpuse un boicot a 'Telecine Mexicano'. La rivalidad estaba ardiente. Y hubo una tercera... con idéntico resultado.
Entonces, apareció Wilfredo Gómez. La pelea con Carlos Zárate fue un evento gigante en la Isla, que no solo llenó el Clemente, sino también el contiguo Hiram Bithorn, en donde la transmitían en circuito cerrado. No era para menos: entre los dos tenían marca combinada de 72-0-1, 71 nocauts, por lo que uno de los dos caería antes del límite. Gómez (21-0-1 con 21 nocauts en aquel momento) era el nuevo querendón de los puertorriqueños, pero había muchas dudas sobre si fue una buena decisión enfrentarlo al invencible Zárate en ese momento de su carrera.
En el Clemente, bloquearon todas las posibles entradas que utilizaban los jóvenes para entrar sin pagar, por lo que terminé con mis amigos en el cine del centro comercial frente a las instalaciones. No eran tiempos de redes sociales e información inmediata al segundo, por lo que solo podíamos hacer una cosa: esperar. Y ver una mala película.
En medio de una escena de la película, bajó el volumen y una voz amplificada hizo un anuncio: "Su atención por favor, para los interesados, Wilfredo Gómez, ganó por nocaut en el quinto asalto". La celebración en el cine fue monumental, abrazos a oscuras con desconocidos y la salida abrupta de la gran mayoría de la concurrencia, que corrió a cruzar la Avenida Roosevelt en ruta al cercano Clemente.
Esa celebración duró hasta... el viernes 21 de agosto de 1981. Ese día, quienes únicos estaban más confiados que Gómez eran sus seguidores, que no pensaban que Salvador Sánchez pudiera ser capaz de vencer al Bazooka de la barriada Las Monjas en Hato Rey. El dominio de Sánchez fue tan convincente que después de la negación y la rabia, tuvimos que aceptar con respeto que se trataba de un gran peleador. Y con respeto, admiré todos sus siguientes combates, en los que abrumaba a su rival con su extraordinaria condición física. Me hubiese gustado ver una segunda pelea entre ambos con un Gómez en mejor condición. Pero la trágica muerte de Sánchez tronchó la que pudo haber sido un clásico de clásicos.
Gómez vs. Pintor, Chávez vs. Rosario, Trinidad vs De la Hoya, Trinidad vs Vargas me convirtieron en un seguidor de esta rivalidad, y ya no con el fanatismo de mis días de juventud, lo que me permite respetar y valorar la fiereza y calidad de los peleadores aztecas mientras espero siempre un triunfo boricua.
Durante mi carrera como periodista , sin embargo, solo tuve la oportunidad de cubrir un capítulo de este drama: cuando Ricardo 'Finito' López dio una lección de técnica, pegada y condición física durante cinco asaltos ante Alex 'El Nene' Sánchez en agosto de 1997, en un combate unificatorio de los pesos mínimos. Al margen de lo que hizo en el ring, me impresionó la inteligencia y la cultura general de López, quien no solo se mostró respetuoso con sus rivales puertorriqueños, sino que tenía un gran conocimiento sobre la música boricua, particularmente, la salsa. En una larga conversación con él previa a la pelea, dedicamos 15 minutos al boxeo y cerca de 45 a ídolos en común como Willie Colón, Ray Barreto, Gilberto Santa Rosa, Roberto Roena, El Gran Combo, La Sonora Ponceña...
En fin, solo en el ring hay rivalidad. Lo demás es intercambio.
