RIO DE JANEIRO (Enviado especial) -- Una zona de guerra. Casi de manera inconciente, es lo primero que se me viene a la cabeza mientras recorro en una combi los primeros tramos del viaje que me llevará desde el aeropuerto al centro de Río de Janeiro. Es temprano a la mañana en la zona circundante a la estación aérea de Galeão, y mi atención se va de manera inexorable para los grupos de militares que, cada 100 metros, se ven apostados en las esquinas con enormes fusiles en sus manos. Pero yo vine a cubrir algo que está en las antípodas de una guerra. Vine a cubrir los Juegos Olímpicos.
La camioneta avanza y siguen apareciendo pequeños escuadrones de las Fuerzas Armadas aquí y allá, equipados como para resistir una invasión extranjera. Visten de ese verde caqui tan típico de los uniformes, y la mayoría tiene lentes de sol perfectamente negros que no permiten ver los ojos. Aunque eso no es necesario para notar que están en actitud vigilante, como buscando a un enemigo que en cualquier momento va a aparecer.
A medida que nos alejamos del Aeropuerto y entramos en una zona más urbana, los militares empiezan a quedar disimulados por la presencia de gente común que camina hacia el trabajo, la universidad o el supermercado. Pero al aguzar la mirada, ahí atrás de un vendedor ambulante que vocea sus productos, de un nene que corre o de una señora que vuelve de hacer las compras con bolsas en las manos, los hombres vestidos de verde siguen estando.
El gobierno de Brasil dispuso para los Juegos Olímpicos un plan de seguridad que incluye a 85 mil efectivos, de los cuales 22 mil pertenecen a las Fuerzas Armadas. Mientras que en lo formal se niega, es palpable el temor gubernamental al terrorismo durante la Justa. El otro factor para semejante despliegue es la inseguridad que esta ciudad sufre de manera cotidiana hace ya muchos años, y que se busca minimizar al menos durante Río 2016.
Ya instalado en el hotel, salgo a recorrer un poco. En la esquina me encuentro a otro de estos grupos militares. Siempre con esa exagerada arma a la vista. La vereda es angosta y los efectivos ocupan mucho lugar, todos juntos y con esa mirada enfocada más allá de sus cercanías, y también de nosotros, los simples caminantes. Pongo un pie en la calle para esquivarlos y seguir mi camino.
La playa está a unas cuadras, y en ese mínimo trayecto por calles internas, me entretengo observando el panorama cotidiano del habitante carioca y me olvido un poco de los agentes de seguridad. El lapsus es roto rápidamente al llegar a la Avenida Atlántica, la que bordea la playa.
Apostado sobre la vereda, con sus camionetas pintadas íntegras de negro, hay otro pequeño escuadrón. Pero sus integrantes son de una Fuerza distinta, porque sus uniformes son color gris y con un camuflado. Lo que sí respetan es lo de los lentes de sol. Se trata de la Policía Militar (PM) de Brasil. Menos ostentosos que sus colegas de verde, no tienen ningún fusil a la vista, aunque sí la misma mirada de vigilancia permanente.
La PM es durante estos JJOO la encargada específicamente de reforzar la seguridad en las calles que brinda la policía tradicional. No tiene entre sus tareas cuidar estadios ni locaciones olímpicas. De eso se van a encargar efectivos del Ejército, la Fuerza Aérea, la Marina y la Fuerza Nacional, según el plan oficial.
Es verdaderamente notable la presencia de agentes de seguridad en la calle. Pero los habitantes de Río no parecen sorprendidos como lo estoy yo. Entonces les pregunto.
Paulo, un cincuentón no demasiado alto que vende sombreros en la playa, corrobora que "aumentó mucho la cantidad de policías, eso se nota". Y se ilusiona con que el cambio haga que "baje el delito, que acá es bastante grave".
Los datos avalan esta última opinión de Paulo. Según Amnistía Internacional, "Brasil es, en cifras absolutas, el país con mayor número de homicidios del mundo: unos 60.000 asesinatos al año". Pero esa misma entidad advierte que desde 2009, cuando Río fue elegida para organizar los Juegos Olímpicos, "las fuerzas de seguridad de la ciudad han dado muerte a más de 2.500 personas" sin que luego se realizaran mayores investigaciones sobre los por qué de esas acciones policiales.
Continúo mi recorrida y me encuentro con una imagen que resume el estado de cosas en Río. En una de las esquinas más tradicionales de Copacabana, Atlántica y Figueiredo de Magalhaes, están uno al lado del otro un escuadrón de la Prefectura y otro de la Policía Municipal. Unos de verde y otros de azul. Cada uno con su vehículo estacionado sobre el ancho boulevard de la avenida, mirando hacia la playa, ubicada a 20 metros. Se supone que cumpliendo ambos la misma tarea: Vigilancia.
A unas cuadras de allí, sobre la calle Sousa Lima, Nelly atiende su kiosco. "Se ven más efectivos de seguridad en la calle, eso es verdad", cuenta. Pero enseguida se ataja: "Igual, hay que esperar para ver cómo sale todo".
La gente está mucho más preocupada por la inseguridad cotidiana que por la posibilidad de un atentado, aunque muchos de los países que enviaron delegaciones de deportistas a Río 2016 expresaron su temor ante el peligro de un ataque terrorista.
El domingo 24 fue detenido el último de los 12 sospechosos de planear un atentado en los Juegos. Se trata de activistas presuntamente vinculados con la organización terrorista Estado Islámico, que fueron aprehendidos en 10 estados diferentes de Brasil, aunque ninguno tiene antecedentes concretos de actos de esta naturaleza.
Unos días antes, todas las fuerzas de seguridad involucradas en los Juegos habían realizado un simulacro de atentado en la estación de subterráneo de Deodoro, una de las sedes de los Juegos.
