Aquel invierno de 1962, fue severo en Londres. El White Hart Lane se convirtió en una cámara frigorífica para los rivales en la primera participación del Tottenham en Europa. Era un campo al que resultaba más fácil arar la nieve en las líneas que ponerles cal.
Ese Tottenham era una versión a lo Bill Nicholson, su técnico: fuerte, tozudo, pero al mismo tiempo, presumido como un pavo real: “tenemos el estilo clásico de empujar y correr”, se le escuchaba decir por los alrededores de The Lane, entre las calles de Park Lane y Worester, “cualquier persona que venga, debe estar entregada al club”.
Su plantel había desarrollado unas branquias especiales para respirar en la nieve. El partido de cuartos de final ante el Dukla, un poderoso de Europa del este con Josef Masopust y Jozef Adamec se jugó a menos de 3 grados centígrados. The Lane sin embargo, estaba atestado de aficionados enamorados del equipo. Las vaharadas que salían de la boca eran el indicio del frío que hacía. El Dukla checo, no pudo meter las manos cuando entre los propios jugadores se miraban carámbanos colgados de la nariz y escarcha en los bigotes. El invierno blanco del Tottenham era letal.
En las tribunas, un personaje de bufanda y sombrero, tomaba anotaciones. Bajó las escalinatas del estadio y cruzo medio pasillo hasta tocar la puerta del vestuario. El capitán Danny Blanchflower lo reconoció de cerca. A él le pidió hablar con el entrenador Bill Nicholson.
Este encuentro sería determinante en la historia del Liverpool.
Dejó de nevar en Tottenham…
La gran cabalgata del Tottenham de Bill Nicholson tocó su clímax en las semifinales de Europa de 1962. Se acabó el invierno justo cuando apareció por su redil el Benfica, campeón de Europa, aquel equipo que había frenado la inercia voraz del Real Madrid.
El Benfica llegó al White Hart Lane y no encontró rastro de nieve. Era abril y las flores empezaban a abrir sus palmos mientras un océano de árboles teñía de verde la zona. Jugadores como Antonio Simoes, Mario Coluna, José Augusto y Eusebio, no sintieron frio. Llegaron con una ventaja de 3-1 al juego de vuelta y se maravillaron con las flores blancas de cornejo, los campos rojizos de juncias y el verde brillante de los junquillos. El pasto de la cancha era un jardín primaveral en el que es cierto, perdieron, incluso asfixiados hasta el último rincón por los Spurs que ganaron 2-1 con un disparo final al larguero de Bobby Smith que dejó a los portugueses estáticos, pero a los ingleses sin forzar los tiempos extras.
Fue el fin natural de la ideología de Nicholson que, sin saberlo, había dejado una semilla en ese hombre que pidió charlar con él semanas atrás. El Tottenham se quedó en medio de una invisible línea entre la gloria y la nieve, añorando el frio que los acompañó en su edición histórica de Europa. Cuando Nicholson, cabizbajo iba camino al vestidor, un hombre le saludó titubeante desde las tribunas. Una historia acababa, la otra, estaba por empezar.
This is the red of Anfield…
Bill Shankly sabía bien lo que quería para el Liverpool. Llevaba dos años dirigiendo en segunda división cuando reafirmó sus pensamientos con la charla que tuvo con Bill Nicholson quien le dio una tanda de consejos que iniciaron por la mañana y culminaron en un atardecer precoz en Londres.
La mejor recomendación que se llevó fue crear un 'Boot Room', donde nadie pudiera entrar más que él y sus asistentes tácticos. Años después, Shankly recordaría el frío de Tottenham mezclado con la voz de Nicholson diciéndole que lo más importante siempre sería el club, por encima de todo, entonces, respirando como un toro, comenzó a poner orden con mano de hierro en Liverpool. Reconstruyó una entidad en bancarrota que no tenía más vocación que la del fracaso e integró una moral auténtica al club.
Cuando el Liverpool regresó a Primera en 1962, el mismo año en que fue a Londres a buscar consejos, Shankly mandó grabar en las escalinatas del vestuario que conducen a la cancha, ‘This is Anfield’, “porque éramos una familia. Lo más difícil estaba hecho, lo más fácil era ganar títulos, lo sabíamos todos, pero necesitaba que los jugadores no lo olvidaran al entrar a la cancha”, dijo aquella vez. De esa forma, la ideología de Shankly se hallaba a prueba de ciclos e intimidó a los rivales poniéndoles las antorchas históricas del escudo del club afuera del vestuario, a la altura de la cabeza. Cualquiera que pasara por aquí, sentiría mucho calor.
De Bill Nicholson y el Tottenham quedaba el recuerdo cuando el Liverpool fue campeón de Liga en 1964 y se catapultó a la Copa de campeones de Europa en donde eclipsó con su paso. En su presentación en sociedad, arribó hasta las semifinales, aunque antes, vino una transformación en su historia.
Shankly había tomado el control autónomo haciendo que los detractores se tragaran su indignación ante tan buenos resultados, pero la competición europea lo tenía nervioso.
“Todo tiene que ser diferente cuando se juegue en Anfield”, recitaba. Así que entró al vestuario con un short y calcetas rojas, siempre pensó que este color dominaba la mente y causaba una intensidad mayor en el cerebro.
Hasta ese momento, el Liverpool jugaba combinando con el blanco. Cuando le pidió al espigado Ron Yeats que se lo probara, enloqueció. Decía que sus jugadores se notaban gigantescos. De ahí y para la posteridad, el Liverpool jugaría siempre de rojo. El Anderlecht belga fue el primero en padecer el cambio, perdieron 3-0 ante un equipo enrojecido desde el cuello hasta los pies.
A pesar de ello, vino un desengaño, de esos golpes que Shankly soportaba en silencio. En las semifinales de Europa de 1965 se cruzó en su paso el Inter de Milán. La Copa de Europa, paradójicamente, estaba reservada para su socio, Bob Paisley, justamente cuando el mundo ya identificaba al Liverpool siempre de rojo.
Hubo una vez, dos hombres que moldearon la historia de los clubes que este 2019 juegan la final de la Champions. Bill Nicholson y Bill Shankly nunca ganaron la orejona, a cambio entregaron la vida por enseñar a vivir del futbol. Desde el gallo dorado que reposaba en lo alto del White Hart Line, hasta las antorchas que coronan la entrada de Anfield Road, el Tottenham y el Liverpool les deben mucho más que la leyenda que han forjado. El espíritu de alguno de los dos, levantará la Copa en Madrid.
