'Nos hizo felices': Los sueños de estrellas de la mayor fan de José Altuve en Uvalde, Texas

TESS MATA SE DETUVO bajo el toldo marrón, lanzando una pelota amarilla de sóftbol a la caja blanca que su padre había pintado con aerosol en un árbol de arce de azúcar. Tess odiaba practicar aquí, en este jardín. Cada vez que fallaba, debía perseguir la pelota y volver a pasar por debajo del toldo, subiéndose las gafas por el puente de su nariz sudada antes del próximo lanzamiento. Si repites esa rutina unas cuantas veces en el calor y humedad del Sur de Texas, también la odiarías.

Tess finalmente se quejó, diciendo "Hace demasiado calor". Así que entró, se puso de rodillas y empezó a golpear una pelota de tenis contra la pared de la chimenea, hasta que uno de sus lanzamientos se desvió. "¡Oye!", le gritó su padre Jerry. "Vas a romper el televisor". Después de eso, volvió a salir.

Puede que Tess haya detestado el calor y el árbol; no obstante, siguió lanzando porque, al igual que jugar al sóftbol, pitchear fue su idea. Cuando les dijo a sus padres que quería intentarlo, su madre Verónica se preocupó de que la posición no era la más apropiada para su niña pequeña, que solo tenía 10 años. Tess había sido tan tímida cuando empezó a ir al colegio, que metía en la mochila su manta de bebé a escondidas. "Siempre tenía miedo de que nadie la recogiera", recuerda Verónica.

Pero no podían decirle que no a Tess: era demasiado decidida. Su objetivo era quedar en el equipo de estrellas de Pequeñas Ligas. Por eso, Tess veía YouTube durante horas interminables en su iPad para aprender sobre mecánica de pitcheo. La refinaba en aquel árbol. Seguía adelante, porque pocas cosas se sentían mejor que dar en el blanco. A veces la pelota caía tan perfectamente, que casi volvía rebotando a Tess.

Cuando eso ocurría, hasta los vecinos del tranquilo barrio donde viven los Mata en Uvalde escuchaban el suave golpe de la pelota de sóftbol contra el árbol. Golpe. Golpe. Golpe. Una y otra vez. Cada vez, la pelota rompía pequeños trozos de corteza. Lanzó por horas y cuando terminaba, Jerry le frotaba crema mentolada Biofreeze en el hombro para reconfortarla.

Mientras conversaba sobre Tess, parado frente a la mesa de la cocina, Jerry dice que tiene videos de la primera vez que lanzó un partido para su equipo, los Bandits. Saca el teléfono de su bolsillo delantero y se desplaza por el carrete de videos, en busca del correcto. Está de pie, con la barba sal y pimienta en su barbilla y ojeras hinchadas, vistiendo una camiseta gris con el logotipo de los Bandits.

"Aquí está", dice Jerry. Sostiene el teléfono para que yo pueda ver a Tess lanzar. Está de espaldas a la pared de la chimenea, ahora repleta de flores, globos y dibujos. Más allá de la espalda de Jerry está el árbol de arce de azúcar.

"Ponchó al primer bateador que enfrentó", prosigue Jerry.


POR VARIOS SIGLOS, el lugar donde ahora se encuentra el estado de Texas fue la frontera ingobernable. El sitio que, independientemente de que formara parte de España, Francia, México, fuera su propia república, adherido a Estados Unidos, o a la Confederación secesionista, sus límites y leyes eran meras abstracciones. La realidad de quien controlaba la tierra difería de lo que dijera cualquier mapa. Y ningún sitio en Texas era tan disputado como la Franja de Nueces.

Por muchos años tras haber declarado su independencia de México en 1836, Texas dijo que su frontera al sur era el Río Grande. Si bien reconocía la independencia de Texas, México afirmaba que la frontera estaba más al norte, en el río Nueces. La tierra ubicada entre esas dos masas de agua, de aproximadamente 150 millas de ancho y 400 de largo, se convirtió en la Franja de Nueces.

Era un lugar sin dueño evidente, excepto aquellos con suficiente resistencia a la violencia como para reclamar su territorio. Un lugar que parecía alternar entre inundaciones y sequías. A veces, incluso saciar la sed en ese calor implacable podía ser mortal gracias al cólera presente en el agua. Esa anarquía general, mezclada con animales grandes y pequeños (osos, leones de montaña y lobos, escorpiones, tarántulas, serpientes y mosquitos) hacían que la zona fuera prácticamente inhabitable.

El semblante de control que Texas logró tomar sobre la Franja de Nueces se debe en gran medida a la invención del revólver Colt. El mismo año en el que Texas declaró su independencia, Samuel Colt registró la patente de su arma. Hasta entonces, durante siglos, las pistolas eran prácticamente todas iguales: un tubo de metal que utilizaba pólvora para disparar proyectiles en forma de perdigones. Se disparaba una vez para recargarla después. Ese proceso podía tomar hasta un minuto, incluso más en clima adverso. A menudo ese era el tiempo literal que transcurría entre la vida y la muerte. En la Franja de Nueces, los Comanches que montaban a caballo podían disparar hasta 20 flechas en el mismo tiempo requerido para recargar una pistola.

El revólver Colt, que podía disparar cinco tiros entre recargas, fue diseñado para matar de forma más eficiente, y cuando los tejanos se hicieron con esos revólveres, lo cambió todo: los Comanches ya no tenían posibilidad de superarlos. Y como no podemos comprender este país sin entender el nivel de influencia de Texas sobre su identidad, esa pistola también cambió a Estados Unidos.

El revólver Colt se encuentra entre los primeros productos producidos en masa en Estados Unidos. Fue un preludio de las cosas que la revolución industrial estadounidense podía hacer con velocidad, precisión y uniformidad. Se facilitó la posesión de un arma, y si ésta llegaba a averiarse (martillos, gatillos y cilindros), se podía reparar fácilmente gracias a sus partes intercambiables. Una gran diferencia, en comparación a cuando un armero debía reparar toda la pistola.

"Dios creó a todos los hombres iguales. El Coronel Colt los hizo iguales". Ese dicho se convirtió en frase común, a medida que el impacto causado por el revólver Colt se extendía por todo el país. El Destino Manifiesto fue la ideología que guiaba la expansión del país hacia el oeste (desde Texas hacia el oeste, hasta Nuevo México, Arizona, partes de Nevada, Colorado, Utah y toda California; luego, hacia el norte hasta Oregón y Washington) y el Colt fue el arma utilizada para imponerla.

El río Nueves atraviesa el Condado de Uvalde. La población está ubicada al borde de la Franja de Nueces. Fue territorio mexicano mucho antes de ser tejano, el mismo sitio donde los predicadores llevaban la palabra de Dios hasta las poblaciones más rudas, cargando una pistola junto con su ejemplar de la Biblia. El mismo lugar que, actualmente, es una de las capitales de la cacería en Texas, al seguir rodeado de naturaleza.


VERONICA Y JERRY pensaban en mudarse. Consideraron la idea mucho antes de que su hija mayor Faith empezara sus estudios y se profundizaran sus raíces familiares. No porque les desagradara Uvalde. Todos sus padres nacieron y se criaron en esta pequeña población de 15,000 habitantes. Sus abuelos, que se mudaron desde México para trabajar, también vivían en Uvalde. Jerry aún puede recordar cuando su padre bebía con amigos y hablaban sobre aquellos sitios del pueblo donde no podían ir. A pesar de ello, Verónica y Jerry se sentían seguros aquí. Los novios de secundaria sólo pensaban en irse porque eso forma parte del proceso de crecimiento en un pequeño pueblo de Texas.

A lo largo de los años Jerry, mecánico de aviación, recibió ofertas de trabajo mejor remuneradas en Dallas, Houston, San Antonio y lugares tan lejanos como Virginia. Los visitaban. Empezaban a buscar un lugar donde vivir, pero nunca se sentía bien. "Me daba miedo llevar a mis hijas a una gran ciudad que no conozco", afirma Jerry sentado a la mesa de cocina. Así que, cuando llegó la hora de decidir, la comodidad del hogar y de vivir en un pueblo pequeño (donde podías dejar la puerta sin llave, ir al cine en bicicleta y saber quiénes eran tus vecinos) siempre ganaba.

Se quedaron, haciendo planes para que sus dos hijas tuvieran las mismas amistades desde el kínder hasta la secundaria y probablemente, mucho después. Tendrían los mismos vecinos. Verónica, maestra de kínder de la Escuela Primaria Dalton, vería a sus jóvenes estudiantes hacerse adultos. Con el tiempo, hasta llegaría a enseñar a los hijos de sus estudiantes. Faith y Tess practicarían deportes, a menudo con los mismos compañeros de estudio y sus vidas, de múltiples formas, girarían en torno a ello.

"Estuvo en el campo de sóftbol desde que era una bebé", afirma Verónica sobre Tess. Creció viendo jugar a Faith con tanta frecuencia que a veces, Tess caía dormida sobre el césped, o las tribunas frente a los terrenos. Pasó tanto tiempo allí que, al inicio, Tess no quería jugar. "No quiero practicar sóftbol", decía, afirmando su preferencia por la gimnasia y el fútbol. Decía lo mismo hasta que cambió de opinión.

Antes de convertirse en pitcher, Tess jugó a la segunda base por dos razones. Porque esa era la posición de Faith y porque el pelotero favorito de su equipo favorito también era camarero.

José Altuve esto. José Altuve aquello. Tess hablaba todo el tiempo sobre el camarero venezolano, figura de los Houston Astros. Tess llegó a pensar en bautizar a su gato "José", hasta que decidió ponerle "Oliver". Hablaba tanto de él que pidió que le compraran un póster y la camiseta de Altuve. Cuando Verónica y Jerry se los compraron, Tess no podía esperar para mostrárselos a Faith.

"Demostró que cualquier bajito puede jugar", afirma Faith sobre Altuve (1.68m). Piensa que Tess se identificaba con él por su estatura.


"CUANDO CRECÍA, LAS ESCUELAS ESTABAN SEGREGADAS", afirma Roberto Morales. Prácticamente el 82% de la población de Uvalde es de origen latino, en su mayoría de etnia mexicana. Las escuelas de la localidad ya no practican la segregación porque Genoveva, madre de Roberto, demandó al distrito en 1970. Su casa se encuentra a dos cuadras de la Escuela Primera Robb, y al doble de distancia de lo que los lugareños conocen como El Parque Mexicano. "Los mexicanos estábamos de este lado del pueblo", prosigue Roberto, que ahora tiene 65 años. "Y ahí es donde nos quedamos por culpa de los gringos. No te querían por allí".

Allí estaba el lado este del pueblo. Incluía lo que los mexicanos conocían como El Parque de los Gringos. Estaba en la parte de Uvalde que, cuando Roberto era niño, tenía calles pavimentadas y aceras alrededor de las casas grandes y hermosas con plomería interior. En las noches frías, esa parte del pueblo nunca se preocupaba de apagar el gas para mantener suficiente presión en las tuberías y calentar al otro lado. Esa parte del pueblo tenía suficientes recursos para sus escuelas. El lado oeste era el extremo opuesto.

Para las escuelas, eso significaba no tener suficientes libros de texto ni equipamiento básico. No había suficientes deportes organizados. No había suficientes maestros y administradores mexicano-estadounidenses que entendieran la cultura. Demasiados profesores y administradores que orientaran a los estudiantes para que se inscribieran en escuelas de comercio y formación profesional. Una diferencia excesiva entre el trato que recibían los estudiantes de raza blanca y el resto.

"Se suponía que no debías hablar español", afirma Roberto. Cuando los profesores escuchaban a alguien usar el idioma castellano, enviaban a los alumnos al despacho del director. "Tenía una paleta de madera con un montón de agujeros", recuerda Roberto. Debido a esos agujeros perforados en la paleta, también recuerda el suave silbido que se producía en la fracción de segundo anterior a la violenta bofetada sobre su cuerpo. Ese tipo de castigo hará que toda una generación, y quizás las que vengan después, pierdan su idioma de origen.

"Estuvo mal", indica Roberto, que labora como camionero que distribuye asfalto por todo el estado. Cuando habla, intercala frases o palabras en español entre sus oraciones, como si estuviera haciendo un discreto desafío. Un sutil recordatorio de que puede que le hayan castigado físicamente, pero que nunca le arrebataron esas palabras. Roberto se repite, al principio en inglés. "Fue malo. Pero luego, todo cambió después del paro. Empezaron a contratar maestros mexicanos".

Roberto cursaba sexto grado cuando, el 14 de abril de 1970, los padres mexicanos y mexicano-estadounidenses y sus hijos, un total de aproximadamente 600 estudiantes, abandonaron las escuelas de Uvalde. Inspirados por una protesta similar ocurrida en Crystal City, ubicada aproximadamente a 40 millas al sur, los padres y sus hijos dejaron en claro su disgusto. Afirmaron que el director de la Escuela Primera Robb se negaba a renovar el contrato de uno de los pocos maestros mexicanos contratados porque, entre otras cosas, esos maestros de origen mexicano servían de traductores a los padres y no hacían cumplir la norma que prohibía el uso del castellano. También protestaron por las desigualdades evidentes entre su escuela y aquellas en el lado este.

En ese momento, era la culminación de décadas de segregación escolar. En todo Texas, los administradores escolares y agricultores se preocupaban, a veces expresándolo de forma explícita, creyendo que educar apropiadamente a los estudiantes de etnia mexicana tendría como consecuencia la disminución de la mano de obra del estado. En un sitio como Uvalde (donde, al igual que otras ciudades y poblaciones en todo el país, se reclutó mano de obra mexicana durante la década de 1930), no había muchos incentivos para mejorar las condiciones educativas. Allí, la población de etnia mexicana solía trabajar en restaurantes, la cercana mina de asfalto, en el campo cosechando repollo, cebollas, espinaca y algodón, o como esquiladores de ovejas. Se quedaban en Uvalde hasta que no había más trabajo y entonces, ofrecían sus servicios a los ganaderos de todo el país.

En 1930, el primer caso judicial visto en el estado de Texas relacionado con la segregación escolar de los estudieantes de herencia mexicana se produjo en Del Río, a una hora en auto al oeste de Uvalde, justo frente al Río Grande. El distrito admitió que segregaba escuelas, argumentando que era en beneficio de sus estudiantes, ya que muchos de ellos viajaban con sus padres hasta cualquier campo que requería ser cosechado, o cualquier rancho que necesitara mano de obra. Dichos estudiantes, según el distrito, tenían su propio ritmo de aprendizaje entre sus iguales, separados pero iguales. Eso dijo el distrito, en otras palabras. Un tribunal local falló en contra del distrito. La decisión fue anulada tras su apelación, lo que contribuyó a desencadenar la lucha de los mexicanos y mexicano-estadounidenses por los derechos civiles en Texas. Los paros escolares de Uvalde fueron una extensión de dicho conflicto.

Roberto recuerda cómo, mientras marchaban pacíficamente, cantaban "De Colores" (la canción típica mexicana que se convirtió en el himno de la Unión de Campesinos), los Texas Rangers apuntaban sus armas hacia ellos desde la cima de los edificios circundantes. Como los helicópteros les sobrevolaban. Como incluso, luego que los estudiantes volvieran a clases tras seis semanas de boicot, algunos fueron retrocedidos un grado como forma de castigo, otros reclasificados y reclutados por las fuerza militares. La lucha estaba muy lejos de terminar.

Allí fue cuando Genoveva, que trabajaba como cocinera, demandó al distrito escolar. Los rumores de pueblo decían que Fidel Castro le había lavado el cerebro. Fue catalogada de comunista porque exigía la desegregación escolar. El tribunal distrital escuchó sus argumentos y no encontró nada ilegal. El Tribunal 50 de Apelaciones revirtió la decisión. Falló que Uvalde practicaba la segregación escolar, más de 20 años después que el fallo de la Corte Suprema en el proceso "Brown vs. Junta Educativa de Topeka" la ilegalizara en Estados Unidos.

Poco después del proceso judicial iniciado por Genoveva, un juez federal ordenó al estado de Texas eliminara la segregación en todas sus escuelas. En respuesta, dos hombres en la población de Longview (en el occidente de Texas) utilizaron dinamita para explotar y destruir 36 autobuses estacionados que llevarían a estudiantes de raza negra a escuelas tradicionalmente blancas.

En Uvalde, el fin de la segregación escolar se produjo lentamente. Tan lentamente que el distrito tenía que presentar un informe anual al Tribunal todos los 15 de abril, demostrando los cambios que había hecho. Así fue por varias décadas. Tanto tiempo que, según recuerda Roberto, tras la contratación de un nuevo superintendente distrital, su primera tarea era reunirse con su madre para pedirle que desistiera de la demanda, que no fue totalmente decidida hasta 2017, casi medio siglo después de su interposición. "Le debo tanto a Genoveva", afirma la Dra. Jeanette Ball, que laboró como superintendente escolar en Uvalde entre 2013 y 2018. "Le permitió a una niña hispana como yo convertirse en superintendente". En 2014, el distrito bautizó la única escuela pre secundaria de Uvalde con el nombre de Genoveva.

A pesar de que las cosas han cambiado, la escuela Genoveva Morales junto con la Primaria Robb siguen siendo las escuelas del lado mexicano de Uvalde, donde casi el 90% de sus estudiantes son de origen latino, la mayoría de etnia mexicana; y un 25% forma parte del programa de bilingüismo. Sigue siendo la escuela donde más del 81% de sus estudiantes son clasificados como económicamente desfavorecidos. Sigue siendo la escuela a cuatro cuadras del parque mexicano donde, durante el paro, la comunidad se congregó para impartir clases a los estudiantes, intentando asegurarse de que no quedaran rezagados con respecto al resto.

Hoy en día, Genoveva tiene 93 años y sufre de demencia senil. Hay un capítulo del libro "Revolutionary Women of Texas and Mexico" ("Mujeres revolucionarias de Texas y México") únicamente dedicado a ella. Roberto conserva un ejemplar en su casa y lo muestra con orgullo. "Dios ha sido bueno conmigo, aquí en Uvalde", afirma Roberto. "Sin importar lo que hayamos pasado".


"ÚLTIMAMENTE HA ESTADO MUY TRANQUILO", dice Jerry. Tiene una voz suave pero áspera, con ese acento texano mexicano de quien habla español e inglés a partes iguales. Se sienta frente a la mesa de su cocina, en su casa ubicada a unas cuadras de la secundaria Morales, en un barrio que solía ser de población mayoritariamente blanca. Es una casa que, hasta hace poco, estaba llena de sonidos, en su mayoría originados por Tess.

Eran los sonidos que Tess hacía sin darse cuenta a pesar de que intentaba quedarse tranquila, cuando escondía la bolsa de Takis que sacó de la cocina para comer antes de la cena. Los sonidos que hacía (los "miau") cuando jugaba con Oliver por toda la casa. Los sonidos de la repetición constante de la canción de Bebe Rexha "Meant to Be". Era su canción favorita y cuando sonaba en el radio del auto, Tess hacía que Jerry la cantara con ella.

"Nos hacía reír a diario", recuerda Verónica, sentada al lado de Jerry a la mesa de la cocina. Dice que hasta cuando Tess hacía algo indebido, era simplemente imposible mantener la molestia con ella. Como aquella vez cuando le dijeron que no usara un vestido de quinceañera para el día de fotografías de la Primaria Robb, porque era demasiado para la ocasión. "Muy bien", dice Tess. Cuando llegaron las fotos escolares unas semanas después, Verónica y Jerry vieron las imágenes de Tess sonriente mientras vestía el traje formal, más apropiado para un baile. Metió el vestido en su mochila, se cambió en la escuela y lo usó únicamente para la sesión.

Esa foto del colegio está en la sala de los Mata, junto a la pared de la chimenea, al lado de globos y flores. Cuando cuentan esa historia, les hace reír, incluso hoy. Se esfuerzan fuertemente por acostumbrarse a la ausencia de tantas cosas. Intentan acostumbrarse al hecho que ya no escuchan los sonidos que hacía Tess, los golpes, golpes y golpes que hacía cada vez que practicaba su pitcheo.

Después de su primer ponche, supo que había nacido para lanzar. A pesar de que ella se había enseñado a no hacerlo, se enfadaba consigo misma cada vez que no lograba que se abanicara el contrario. Por eso, esta primavera Jerry decidió contratar un coach de pitcheo para que Tess pudiera trabajar con ellos durante el verano.

"Claro que, eso no sucedió", dice Jerry.

La casa está tan tranquila que se puede distinguir cuando su voz se rompe.


SE PUEDE TRAZAR UNA LÍNEA RECTA entre la independencia de Texas de México en 1836, la anexión de Texas por parte de Estados Unidos en 1845 y la guerra entre Estados Unidos y México de 1846, con la expansión de Estados Unidos hacia el oeste y la Guerra Civil de 1860. Y a lo largo de cada uno de esos eventos que forjaron el país física y filosóficamente, se puede seguir el rastro de la expansión de la presencia del revólver Colt.

El Colt Paterson (pistola patentada en 1836) fue el arma de Texas. Cuando los tejanos decidieron que querían una parte, si no todo, del territorio del vecino Nuevo México en 1841, portaron revólveres Colt. (El ejército mexicano los detuvo en Santa Fe y los obligó a marchar aproximadamente 1,500 millas hasta una prisión en la Ciudad de México). El Colt Walker fue una evolución del Colt Paterson. El revólver tenía el nombre de Samuel H. Walker, que escribió varias cartas a Colt, elogiando el valor que su arma cobró en la frontera de Texas. Walker era Texas Ranger, parte del cuerpo de seguridad fundado en 1823 para proteger a más de 600 familias blancas y sus esclavos asentados en Texas. Sus cartas a Colt incluyeron varias sugerencias para mejorar el revolver. Colt las atendió y agregó una recámara. El revólver de seis disparos nació justo a tiempo para la guerra con México.

Esos Colts fueron las armas portadas por los Texas Rangers mientras arrestaban personas de etnia mexicana, a veces haciéndoles desaparecer. Ocurrió con tanta frecuencia, que los seres queridos de los desaparecidos sabían dónde buscar sus cadáveres, en el aislado campo tejano entre los árboles de mezquite.

"La historia de brutalidad de los Texas Rangers es conocida por muchos tejanos", afirma la Dra. Mónica Muñoz Martínez. "Sólo que la han visto suprimida intencionalmente o, peor aún, celebrada en la historia y cultura popular". Profesora de historia de la Universidad de Texas y ganadora de la Beca MacArthur en 2021, frecuentemente calificada como "la beca de los genios", Martínez nació y creció en Uvalde. Lo describe como "un pueblo complicado" donde creó "recuerdos hermosos y alegres".

Martínez asistió a la Primaria Robb, y sus padres participaron en los paros. Ha dedicado su investigación a descubrir actos de violencia antimexicana en la frontera entre Texas y México, llegando a escribir un libro al respecto: "The Injustice Never Leaves You: Anti-Mexican Violence in Texas" ("La injusticia nunca te abandona: violencia antimexicana en Texas"). Las comunidades mexicanas en todo Texas le han dicho que varias partes de su historia han sido borradas o alteradas. Luego de compartir carpetas y cajas con documentos sobre la violencia ejercida contra sus familias, le agradecen haber escuchado la dolorosa historia que éstos se niegan a olvidar.

"Hay pasajes muy oscuros en la historia de Texas", indica Martínez, que recibe cartas de odio por su trabajo. "Pero elijo inspirarme en la gente que han seguido, generación tras generación, exigiendo justicia".

Hasta ahora, muchos cantan corridos mexicanos (canciones que recuerdan historias de opresión y tragedia, junto con los héroes populares que hicieron la guerra cuando les arrebataron sus tierras) sobre lo hecho por los Texas Rangers. Son una especie de tradición oral, transmitida de una generación a la siguiente. Algunas canciones llaman a los Rangers "los Rinches". Otras los catalogan como "los diablos tejanos". Los mismos diablos tejanos que en 1855 llegaron al sur del Río Grande en busca de esclavos fugitivos para después incendiar un pueblo mexicano a su regreso. Los mismos que cerraron periódicos en español que escribían sobre linchamientos de mexicanos y mexicano-estadounidenses, a veces cometidos por los Texas Rangers. Los mismos que bloquearon la integración escolar. Y debido a que la vasta tierra tejana requiere a veces de gente que la trabaje, los Texas Rangers fueron los mismos que rompieron huelgas laborales con prácticas brutales.

Al igual que los Texas Rangers, otros cuerpos de seguridad por todo el Oeste (incluyendo el ejército) hicieron poco para detener la violencia antimexicana, o formaron parte de ella. Los gobiernos local, estatal y federal fueron cómplices de todo ello: alcaldes, jueces y gobernadores pidieron ayuda para recobrar el control de sus regiones, atacando personas cuyas familias, en algunos casos, residían allí por varias generaciones. Y en el Sur de Texas, parte de este control pasaba por arrebatar pistolas en propiedad de los mexicanos.

"Hasta bien entrado el Siglo XX, la cultura mayoritariamente blanca siguió utilizando violencia paralela a la legal contra la población mexicana como forma de afirmar su soberanía sobre la región", escribieron los historiadores William D. Carrigan y Clive Webb en su artículo académico "The Lynching of Persons of Mexican Origin or Descent in the United States, 1848 to 1928". ("Linchamiento de personas de origen o ascendencia mexicana en Estados Unidos entre 1848 y 1928"). La mayor parte de esa región solía formar parte del territorio mexicano. "El linchamiento de mexicanos fue uno de los mecanismos mediante los cuales los anglos consolidaron su control colonial del Oeste estadounidense".

Algunas de esas hordas prestas a linchar también llevaban revólveres marca Colt. Y al principio de la Guerra Civil, antes de que Samuel Colt fuera objeto de acusaciones cada vez mayores de traición, éste vendía sus armas tanto al bando del Norte como al del Sur.

Eso convirtió a Samuel Colt en hombre de riquezas extravagantes. Estaba hundido en deudas hasta que México abolió la esclavitud en 1829 y Texas se rebeló por ello. Hasta entonces, había intentado convencer al mundo de la utilidad de su arma revolucionaria. Pero una vez que Texas; después, todo Estados Unidos y luego el mundo vieron la ventaja mortal de disparar tantas veces en el menor tiempo posible, Colt ganó tanto dinero que su mansión (llamada "Armsmear") llegó a ser la segunda casa más grande de su natal estado de Connecticut. Solo el empresario circense P.T. Barnum poseía un hogar de mayor tamaño. Colt tuvo tanto dinero que luego de fallecer, su esposa Elizabeth construyó una iglesia en su honor en Hartford, terruño de Colt. La Colt Manufacturing Company sigue teniendo su sede cerca de allí, en West Hartford.

Hoy en día, la Iglesia del Buen Pastor forma parte del Registro Nacional de Lugares Históricos. Elizabeth hizo que el arquitecto incorporara partes del revólver dentro del diseño neogótico del templo. Varios martillos, gatillos y cilindros se encuentran incorporados en el arco. Hay un revólver Colt en el pórtico de la iglesia, tallado en piedra.


"A VECES, ME SIENTO CULPABLE por no haber estado aquí lo suficiente", le dice Faith a Verónica, sentadas a la mesa de la cocina.

Faith quería irse de Uvalde inmediatamente después de graduarse de la secundaria en 2019. Sus padres le convencieron de asistir primero al Southwest Texas Junior College, ubicado en esa población.

"Muy bien, creo", afirmó. "Completo todo lo básico en un año y después me voy". Luego de hacerlo, aplicó discretamente a la Universidad Estatal de Texas (Texas State en inglés, ubicada en San Marcos, a dos horas de distancia), que la admitió. Les dijo a sus padres y a Tess que se iba. Casi de inmediato, Tess se asentó en la antigua habitación de Faith.

Irse lejos a la universidad fue difícil: vienes de un pueblo chico, de una familia pequeña y estrecha. Hay que acostumbrarse a la lejanía. Para ayudar a aliviar la distancia, Jerry y Verónica le enviaban fotos de Tess. Fotos de ella jugando al sóftbol, de ella bailando, de ella acompañada de Oliver.

"Era como verla crecer a través de fotos", dice Faith, "y no estar allí para algunas de las grandes cosas por las que estaba pasando".

A Tess le encantaba cuando su hermana mayor (Sissy, como le llamaba) volvía a casa. Era la primera en salir por la puerta para saludarla. La que cargaba las maletas de Faith. Tess era quien lloraba más cuando Faith volvía a dejar el hogar. Era parte de la razón por la que Tess y Faith hablaban a diario por teléfono. "Era mi mini yo", indica Faith.

Aparte de inspirar a su hermana menor a practicar sóftbol y patrullar la segunda base, Faith fue la razón por la que Tess quería aprender a nadar. Quería celebrar la graduación universitaria de Sissy, prevista para dentro de un año, zambulléndose al río San Marcos que cruza el campus de la casa de estudios. Es tradición universitaria que los graduandos se lancen al rio, cuyas aguas mantienen 72 grados Fahrenheit de temperatura.

"Ella no sabía nadar", recuerda Faith, "así que se enseñaba a sí misma".

Mientras Faith habla, sentada a la mesa de la cocina, Verónica escucha y asiente con la cabeza. Verónica dice que Tess había aprendido a nadar el sábado anterior a aquel martes.


CIERTAS COSAS suceden cuando en tu pueblo se produce un tiroteo masivo.

Los medios de comunicación llegan y se quedan por varios meses. También llegan los familiares de las víctimas. Al igual que varias personas provenientes de los pueblos, ciudades y hasta estados circunvecinos. Los floristas llegan a ofrecer su ayuda. Algunos de ellos provienen de sitios que también fueron fracturados por un tiroteo masivo, por lo que están conscientes de que los floristas de la localidad no tendrán capacidad para satisfacer el súbito aumento de la demanda.

Los hoteles agotan su capacidad durante varias semanas. Y porque la infraestructura no fue diseñada para ello, las calles se mantienen congestionadas. Aquí en Uvalde permanecen varias camionetas de los departamentos policiales de todo Texas, debido a todas las interrogantes que se mantienen con respecto a la demora de la policía en actuar en la Primaria Robb y por qué se tardaron aún más en dar respuestas. Todo ello incrementa la tensión que crece y se siente en el pecho y la garganta.

Si vives aquí, ya no te sientes tan seguro como antes. Esa sensación que te dice "aquí no ocurriría algo así" desparece para siempre. Verás a los vecinos cambiar de opinión sobre el tema del porte de armas. Algunos lo aceptarán. Otros no querrán volver a tocar una. De forma similar, algunos encontrarán a Dios. Otros, al estar tan cerca de la maldad y el sufrimiento que ésta produce, se sentirán perdidos.

Si eres de Uvalde, al igual que conoces que el lado oeste del pueblo es la residencia de la mayoría de los mexicanos y mexicano-estadounidenses, sentirás que el tiempo se partió en dos. Lo ocurrido antes del 24 de mayo, ese martes, y lo ocurrido después. Es en ese después que, cada vez que le dices a alguien de donde provienes, recordarán lo sucedido casi de inmediato. Harán preguntas al respecto e incluso varios años después, lucharás con la necesidad de llorar mientras respondes. La herida siempre estará presente. Lo mejor que se puede esperar es que un día no duela tanto.

Mientras se conduce por el pueblo, se pueden ver los carteles de "Uvalde Fuerte" y "Oren por Uvalde" prácticamente por todas partes. En las ventanas de tiendas y restaurantes de comida rápida. En las pegatinas puestas sobre las partes traseras de los autos, estampadas en camisetas y escritas en las aceras con tiza color pastel, cerca de los lugares de congregación.

Tu pueblo está lleno de gente que intenta ayudar obsequiando cosas. Cerca de una cafetería en la Calle Main, un adolescente sostiene un cartel que reza "Carne Guisada gratis". En la plaza del pueblo, frente al tribunal del condado cuyo jardín tiene un monumento de granito que dice que la calle principal de Uvalde tuvo una vez el nombre de Carretera Jefferson Davis (primer y único presidente de la Confederación), un niño camina ofreciendo biblias gratis. Un cartel en español, adherido a un poste cercano, ofrece terapia sicológica gratuita a los sobrevivientes.

Alguien compondrá un corrido sobre la tragedia. Tus ojos están hinchados por la falta de sueño y las pesadillas que tienes mientras duermes, pero sobre todo por tanto llanto. Desde la tristeza que produce escuchar mariachis que viajaron desde San Antonio cantar "Amor Eterno". El tema que Juan Gabriel escribió sobre la pérdida y añoranza por un ser querido que ya no está, que te hace sentir como si te cortaran el alma con una navaja sin filo.

Oyes el dolor y la rabia en la voz de Jorge Barrera López, el Boina Café que, junto con otros miembros de la organización chicana en pro de los derechos civiles, también viajó desde San Antonio. Barrera te cuenta sobre Pharr (otro pequeño pueblo tejano, justo frente al Río Grande) y lo ocurrido allí un 6 de febrero de 1971. Los mexicanos y mexicano-estadounidenses se congregaron para denunciar la brutalidad policial. Durante la protesta, un ayudante del sheriff disparó y asesinó al joven de 20 años Alfonso Loredo Flores. El policía que apretó el gatillo salió ileso. Flores murió producto de un disparo en la cabeza, con las manos en los bolsillos.

"Esto no se acaba nunca", dice López.

Cuando se produce un tiroteo masivo en tu pueblo natal, habrá un gran monumento improvisado. En este caso, se edificó a las afueras de la Primaria Robb. Allí, ves a los padres tomados de las manos con sus hijos, caminando hacia la escuela. Con los ojos sanguinolentos, miran las fotos de las víctimas rodeadas de flores marchitas y peluches cuyo color se ha desvanecido por haber pasado tanto tiempo bajo el sol. Algunos visitantes intentan limpiarlos lo mejor que pueden, antes de que el administrador municipal les instruya que los dejen en paz.

En el mismo monumento improvisado, algunos colocan cajitas Happy Meals frente a cada foto de los niños fallecidos. Algunos de los globos ubicados junto a las imágenes han explotado, producto del calor. Los globos que alguna vez volaron junto a carteles escrito a mano dando el pésame y lamentando todo lo sucedido.

"Lamento tanto que los hayamos defraudado", reza uno de los carteles.

Es un pueblo fracturado, lleno de esos sonidos que hace la gente que intenta recuperar su respiración. Te preguntas si la persona que grita y llora a voz en cuello ha perdido a un familiar o amigo. Puedes oler la quema de las velas que, cuando se pone el sol, intentan iluminar la oscuridad de este pequeño pueblo del Sur de Texas.

No pueden llenar este sitio de luz, por más que lo intenten.


"SÓLO MÚDENSE", es el pedido de Faith a Verónica y Jerry. Están sentados en su cocina, llena de alimentos y agua embotellada obsequiada por amigos y familiares.

Irse de Uvalde era el deseo de Faith. Quizás a San Marcos, para estar con ella al concluir sus estudios universitarios. Luego de unos años, quizás todos puedan mudarse al área metropolitana de Dallas o cerca de Austin. Probablemente, hasta irse de Texas. Mudarse a un sitio donde no sepan dónde está todo. Un sitio donde la gente no sepa sus nombres ni conozca todo lo que ellos han perdido.

"No puedo", responde Verónica. "Aquí es donde trajimos a Tess a casa. La crie aquí".

Dentro de la habitación de Tess, encontramos las cosas que uno esperaría ver de una niña de 10 años que fue adorada profundamente. Una pizarra de corcho con las fotos de ambas hermanas y de Tess con sus amigos. "¡¡¡¡Te quiero, Faith!!!" escribió Tess con marcador negro sobre la esquina inferior izquierda del marco de madera de la pizarra de corcho.

La habitación está llena de trofeos y medallas producto de su práctica deportiva. Su vestidor tiene una bolsa llena de pelotas de sóftbol. Varios peluches (un pulpo color turquesa, un búho púrpura y un cerdo del tamaño de una almohada) están sobre su cama, ubicados sobre un edredón lleno de mariposas de todos los colores y tamaños. La mochila del bate de sóftbol de Tess descansa en el suelo frente al armario, lleno de todos los vestidos que una vez llevó. El dinero que ganó vendiendo pulseras de cuentas sigue en el frasco. Ahorraba para volver a visitar Disney World. No lejos de allí, vemos una foto de Tess con sus primos, tomada el día en el que aprendió a nadar.

Su camiseta de Altuve fue convertida en almohada y puesta dentro de un plástico protector. La familia dice que la portarán dondequiera que vayan, cada vez que viajen. También indican que el póster de Altuve seguirá colgado en la pared de su cuarto. Está al lado de un arreglo floral con los colores de los Houston Astros.

Algunos artículos dentro de la habitación serán obsequiados a familiares y amigos de Tess. Han pedido cosas que una vez fueron de ella. Cosas que, si se acercan a la nariz respirando profundamente, siguen oliendo a ella.

Por ahora, ésta es la habitación de Tess, lo más parecida posible a cómo la dejó. Oliver, quien según afirma Faith, es la razón por la que Tess también quería asistir a Texas State y hacerse veterinaria, a menudo se tumba en medio de la cama, como si estuviera esperando a Tess. La familia afirma saber que parece una locura, pero creen que Oliver aún puede verla por la casa.

"Allí está nuestro corazón", expresa Jerry sobre la habitación de Tess y toda su casa, y su pequeño pueblo del Sur de Texas, ubicado al lado de un río Nueces que ahora no tiene agua.

"Después de todo esto, no creo que pueda seguir viviendo aquí", afirma Faith.

Quiere irse y llevarse a sus padres con ella. Verónica y Jerry le responden que no pueden hacerlo. Allí está todo lo que queda de Tess.


CINCO DE LOS ONCE TIROTEOS MASIVOS MÁS LETALES ocurridos en Estados Unidos se han producido en el estado de Texas. El primero de ellos, ocurrido sobre una torre en el campus de la Universidad de Texas en 1966, es considerado el primer tiroteo masivo en la historia del país. El segundo, producido dentro de una Cafetería Luby’s en 1991, ayudó a cambiar las estrictas leyes de porte de armas en el estados. Por varios años después de ese tiroteo ocurrido en Killeen, la sobreviviente Suzanna Gratia Hupp viajó por todo el país contando su historia. Cómo vio morir a sus padres. Como había dejado su arma dentro de su auto, con temor de perder su licencia de quiropráctica si le hallasen en posesión de esta. Cómo el pistolero no habría matado a tanta gente, si ella hubiese portado su arma. Su molestia no era tanto con el pistolero, sino con los legisladores que no le permitieron defenderse a sí misma y a su familia. En 1996, Hupp obtuvo un escaño en la Cámara de Representantes de Texas, en su carácter de defensora a ultranza del derecho a portar armas.

El año anterior, el entonces gobernador George W. Bush firmó una ley que permitió a los ciudadanos de Texas portar armas ocultas. En 1997, Bush firmó una enmienda que removía las prohibiciones establecidas en dicha legislación al porte de armas ocultas dentro de templos religiosos. Desde entonces, las leyes en Texas sobre el porte de armas se han ido relajando, con una intensidad que se ha incrementado en tiempos recientes. En 2021, el gobernador Greg Abbott firmó una ley que permite a los tejanos portar armas sin licencia o entrenamiento. Calificó a la normativa como "la legislación relacionada con la Segunda Enmienda [de la Constitución de Estados Unidos, que establece el derecho al porte de armas] más fuerte en la historia del estado de Texas". Según el Pew Research Center, existen 588,696 armas registradas en el estado de Texas, la mayor cifra entre los estados de la Unión Americana, y el 45.7% de sus residentes posee un arma, que lo ubica en el puesto 27.

Tres de los tiroteos masivos más letales en la historia de Texas se han registrado en los últimos cinco años: en una iglesia en Sutherland Springs en 2017, en un supermercado Walmart de El Paso en 2019 y en la Primaria Robb de Uvalde. En los tiroteos de Sutherland y Uvalde, el pistolero utilizó un fusil AR-15. La empresa Colt adquirió los derechos de producción de dicha arma en 1959. La patente de Colt venció en 1977, lo que ha permitido a otras empresas producir modelos similares.


VERONICA Y FAITH caminan hacia el terreno de béisbol, cerca de los límites orientales de Uvalde, tomadas de la mano. Junto con Jerry, que camina a su lado, es algo que han hecho con mayor frecuencia en tiempos recientes. Abrazados, intentando entender cómo vivir un día tras otro.

Visten camisetas grises idénticas con el logo de los Bandits. Tres semanas y dos días después de aquel martes, hacen una fila junto al resto de familiares sobre la línea de primera base. Todos ellos están aquí, en una ceremonia durante el Juego de Estrellas, en homenaje a las vidas de los 19 estudiantes y dos maestros asesinados en la Primaria Robb. La cifra se incrementa al contar al esposo que falleció producto de un ataque cardiaco dos días después del deceso de su esposa, que era la maestra de Tess. Se incrementa mucho más si contamos a los que siguen presentes en esta tierra, a pesar de que gran parte de sus almas se han esfumado.

"Ese día no se ha acabado jamás", dice Verónica. Sobre su corazón, viste un botón con la foto de Tess. Tess sonríe. "Está contenta", dice Verónica. "Ella nos hizo felices".

En Uvalde se han conmemorado 21 funerales en los últimos 17 días. La mayoría se llevó a cabo en las mismas dos iglesias. La mayoría de las víctimas fueron inhumadas en el mismo cementerio, a 3.5 millas de los campos de béisbol. La misma procesión, las mismas familias, los mismos intentos inútiles de acallar los malos pensamientos.

El último de esos funerales se produjo a las 10 de la mañana del día en el que se celebró esta misma ceremonia. "Es difícil", afirma Verónica, "pero lo superaremos". Viste oscuras gafas de sol de aviador. Dice que a Tess no le gustaría verle llorar.

Los directivos de las Pequeñas Ligas de Uvalde consideraron cancelar el torneo de estrellas. En ese momento, múltiples equipos de todo el país, incluso de estados tan distantes como Hawái, llenaron la página de Facebook con fotos de niños peloteros jugando en honor de los estudiantes y maestros de la Primaria Robb. Vistieron los parches de Uvalde en sus camisetas y calcomanías en sus cascos. Rezaron y guardaron minutos de silencio.

En pueblos pequeños como Uvalde, las Pequeñas Ligas unen a la comunidad. Por eso, los directivos en Uvalde finalmente decidieron celebrar el torneo como estaba previsto. Quizás podría, al menos durante un juego, unir a la gente. Quizás, una vez más, los niños podrían correr y jugar hasta cansarse y quedarse dormidos al lado del terreno. A pesar de ello, aún se sentía chocante hacer deporte en un pueblo destrozado por el duelo. Un pueblo roto por tantas preguntas sin respuesta.

Mucho después de que haya sido destruida la Primaria Robb (y la demolerán, porque no hay necesidad de un recordatorio físico de aquella vez que los niños pidieron ayuda a la policía y ésta no llegó), esas preguntas persistirán en el ambiente.

Si hubiese sido la escuela del lado blanco del pueblo, ¿la policía habría actuado de otra forma?

Esa es la gran pregunta. Poco importa a quienes la hacen si una gran porción de los policías de Uvalde son de origen latino. Porque existe una historia dolorosa: esa es la razón por la que esa interrogante seguirá acechando este lugar. Permanecerá aquí para siempre. De la misma forma, aquellos presentes esa noche en el centro cívico de Uvalde dirán que nunca podrán olvidar los gritos agonizantes de la gente que acababa de enterarse que habían perdido tanto.

"Nos dejó muchas cosas", afirma Verónica sobre Tess. A veces, ella sostiene un pequeño pedazo de tela con varios dobleces. Son los restos de la manta de bebé que Tess metía y sacaba de su mochila, al punto de que los hilos empezaron a despegarse. Su madre se la quedó, con la aspiración de devolvérsela a Tess cuando ésta se convirtiera en madre. "Podemos oír su voz, todos los días", dice Verónica.

En los días posteriores al suceso, la familia Mata encontró una cuenta de TikTok que tenía escondida porque no le permitían poseer una. La cuenta tenía más de 200 borradores sin publicar de una Tess sonriente, hablando, bailando y riendo. Junto con los selfis que se tomaba con los teléfonos de Verónica y Jerry cuando ellos no la veían, Tess les dejó una especie de diario digital que pueden ver cada vez que la extrañen demasiado.

Jerry agradece a Dios por ello. Afirma que les ha ayudado. Dice que es probable que siempre sientan furia hacia la policía, la falta de control sobe el porte de armas y todo lo demás, pero eso no hará que Tess regrese. Se abrazan. Se ríen y sonríen cada vez que él, Verónica, o Faith, hablan sobre Tess. Pero porque algunos momentos son más fáciles que otros (momentos cuando todos creen que irse de Uvalde podría facilitar las cosas), a veces esos mismos recuerdos les hacen llorar.

"Queremos celebrarla", afirma Verónica.

Por ello, están aquí, asistiendo a la ceremonia en este parque donde, gracias a la sequía iniciada al día siguiente de aquel martes, las palmeras se ven secas y el césped ha tomado un color marrón. Será un verano largo y caluroso y ya más de la mitad del territorio de Texas se encuentra en sequía extrema. En Concan, unas 20 millas más arriba, el pueblo corta el agua desde medianoche hasta las 6 de la mañana para intentar conservar lo que tienen. Con el aumento de las temperaturas, existe la amenaza constante de apagones constantes, ya que la red eléctrica de Texas tiene dificultades para satisfacer la demanda.

Sin embargo, en estos momentos, esos problemas parecen lejanos. Como una de esas cosas que ocurren después que uno intenta sobrevivir. Justo ahora, Uvalde está aquí, en este campo, en este momento tan doloroso. Viéndolo en primera persona, es difícil calificarlo como un momento de curación. No habrá curación, mucho después de que estos partidos hayan terminado. Hay algo horriblemente familiar en esta verdad, algo horriblemente familiar en Uvalde. Lo sentí tan pronto como llegué. Está en todas las partes habladas: en la conexión forjada por nuestro idioma español compartido, que me permite acercarme a todo el dolor, el mismo dolor que reconocí en mi propio hogar de El Paso. También está en todas las partes silenciosas: el pasado que nunca desaparece y los temores profundos, nunca expresados, de que tu hogar roto nunca se recupere. La preocupación de que el estado de Texas, y este país en general, terminen arrebatándote la esperanza.

Nada de esto tenía que ser así. Eso es lo que se siente al estar aquí. Ni el pasado, ni el presente, ni el mañana aparentemente inevitable. Todo pudo ser distinto. Haberse evitado. No teníamos que haber crecido junto al río Nueces, oyendo canciones e historias sobre la violencia que nos rodeaba. Pero lo hicimos.

La ceremonia sigue su curso y un hombre, ubicado frente al montículo de pitcheo, toca el himno nacional con su trompeta melancólica. Aproximadamente a 800 metros a su derecha, se encuentra el hospital donde murieron algunas víctimas. La estación de Patrulla Fronteriza está a 800 metros a su izquierda. Detrás de él, justo después de la barda del jardín central, la bandera estadounidense vuela a media asta.

"Queremos recordar a los 21 individuos que perdimos aquel día", dice la voz que suena por el anunciador interno.

Nevaeh Bravo. Jackie Cázares. Ellie García. Uziyah García. Amerie Garza. Jayce Luévanos. Maranda Mathis. Alithia Ramírez. Maite Rodríguez. Annabell Rodríguez. Layla Salazar. Jailah Silguero. Rojelio Torres. Irma García. Eva Mireles.

"Y nuestros peloteros de Pequeñas Ligas del 2022", prosigue la voz.

Con el número 6, José Flores Jr. Con el número 13, Xavier López. Con el número 2, Makenna Elrod. Con el número 2, Alexandria Rubio. Con el número 3, Tess Mata. Con el número 4, Eliahna Torres.

Las fotos de cada uno de los peloteros de Pequeñas Ligas cuelgan sobre los dugouts. Todos ellos, uniformados, con un bate en la mano. Todos sonriendo. Todos con apenas 10 años.

"Hay que recordar sus nombres", dice Verónica, aferrada a su hija Faith.

Mientras la familia Mata se dirige de vuelta al auto, la madre de otra víctima es llevada hacia el suyo. Su familia intenta consolarla, intenta acallar sus gritos agudos. Es imposible. Su rostro y cuerpo se sacuden violenta e incontrolablemente.

"Es doloroso", dice Jerry. Se obliga a sonreír. "Pero no podremos olvidarlos jamás".

Que la providencia nos libre de ver una escena más injusta y desoladora que ésta.